viernes, 28 de marzo de 2014
miércoles, 26 de marzo de 2014
La chica de las seis de la mañana.
Hoy es uno de esos días en que te levantas con ganas de hacer cosas. Y para empezarlo, decides ponerte “Guapa”. Y sacar del armario esos vaqueros que crees que te sientan mejor. Y sobre ellos, esa camiseta que, aunque todos digan que es tan parecida a las otras que tienes, te queda mejor que las demás, o te ves mejor en ella, ¿Quién sabe? Quizás sea por la novedad. No lo sé. Y te haces el desayuno habitual de cada día, pero hoy eliges esa bolsita de té de la marca que te gusta más que el típico de diario. Te pones la música, al mínimo volumen que te debes por encontrarte sola en casa y a la vez, al máximo de decibelios permitido por una relación sana con tus vecinos. La colonia de turno, doble. Y los zapatos de charol, aunque a lo mejor llueve, porque hoy te pegan mas que los otros. De una forma u otra, sabes que no es un día mas. Es tu turno y te toca tirar. Mueves los dados. Decides cruzar los dedos por aquello que hoy te hizo despertar con más luz y guardar en secreto esa sonrisa de quien va ganando, antes de acabar la partida, y empiezas a esperar a que de una vez, se alineen los planetas y algo salga como debería. Pero caigo en la casilla de la muerte y, otra vez, toca empezar. Pero ahí queda. Ahí está, sobre la mesa, mi mensaje sin contestar. Me pregunto qué pensarás.
Al parecer, me he convertido en la chica de las seis de la mañana. Esa de la que no eres ni nunca has sido nada. Puedes desaparecer sin razones, no la volverás ver. De listón asequible. Te sigue y se muestra disponible. Esa que da igual dónde esté, está libre, esa que para un rato te sirve y que al día siguiente no se te ocurre llamar. Total, ¿quién llamaría a la chica de las seis de la mañana un vulgar día de entre semana para tomar café?
Y es que esto de la vida es un gran tablero en el que, en principio, todos jugamos, aunque en realidad, muy pocos se atreven a echar los dados, mirar el resultado y caminar mas allá de su casilla de salida, seguro y comodidad. La mayoría de jugadores, la gente como tú, se reconfortan en su mas que cuestionable cordura, “¿Cómo voy a ir yo hacia ahí? Si aquí estoy bien…” Luego llega el momento de dar todo o nada y claro, tú sueles quedarte con el nada, porque es mejor tener nada o lo que sea que ya tienes y que está asegurado en tu bolsillo trasero, a jugártela a todo y que al final el resultado sea nada. Y piensas que el mundo se pierde lo que tienes para ofrecer, que sólo alguien tan especial y complicado de encontrar y entender como tú conseguirá pasar el enésimo filtro absurdo y adentrarse con éxito en tu pequeño universo. Vas alimentando tu desencanto y consigues de alguna forma justificar tu condición de cactus solitario que desde un alto en el desierto mira al resto de seres con la superioridad de quien aprendió a vivir sin nadie, sin recursos. De quien, a diferencia del resto de organismos fotosintéticos, ha desarrollado mecanismos para salvar el agua como ninguna otra especie y ya no se ahoga ni en los veranos más duros. Y también pinchos, por si alguien osa acercarse mas de la cuenta. Aunque, entre nosotros, nadie con tu planteamiento intentaría tocarte. Pero, pobre de ti, no puedes evitarlo. Tú no eras así, te salieron un día a raíz de un pasado de desgracia. ¿Qué puedes hacer tú? Nada. ¡Qué se acerque alguien especial, con sus guantes especiales! Como si los demás no tuviéramos fantasmas. Te proteges bajo tu armadura de cobardía y miedo y pasas por la vida sin salpicar un solo charco.
Para mí, la indolencia está sobrevalorada. Y por eso, yo, con mis cicatrices y, ¿por qué no decirlo? Mis miedos; intento mirar la frase a la inversa: Me estoy perdiendo lo que el resto me puede ofrecer. Pero me confundes. Me haces pensar que lo haces mejor que yo porque jugar es de locos. Ahora eres miembro del club de los “selectivos” y “exigentes”. Te cuelgas el cartel de ganador que siempre se salva de la quema, para así alimentar y reconfortar tu desgastada existencia. Mientras tanto, la gente como yo, los chicos y chicas “de las seis de la mañana”, también nos cansamos de ser ese algo pasajero que te divierte un ratito y te hace sentirte “menos mierda”. Los chicos de las seis de la mañana tienen sentimientos, seguramente más inmensos, que la gente que se aprovecha de ellos , y son capaces de luchar por lo que aprecian. Pensando, lo que me queda claro es que, como ya una vez dijo un viejo amigo, al final, los chicos de las seis de la mañana son los que tienen historias bonitas, fotos que enseñar, y anécdotas que nunca acaban. Vosotros, ese selecto grupo de gente que selecciona y elige, no tenéis nada, y me temo que nunca lo tendréis. Sois la gente que acaba a los 50 en un centro comercial un sábado buscando una película para pasar en soledad su noche festiva, carne de cañón de lágrimas en lo oscuro. Seréis los que tarde o temprano rocéis vuestro límite y os acabéis deshaciendo la ansiedad en compras compulsivas, horas de televisión y nuevas manías; en discos, libros y películas, formas de arte que te hagan viajar hasta otras vidas, mientras tus entrañas se retuercen en la rutina sin más consuelo que el silencio más vil, en el que a golpe de Orfidal y Lexatin, finalmente conseguirás dormir. Los chicos de las seis de la mañana, son los que dominan el mundo, los que le dan cuerda para girar y ¿por qué no?, los precursores de las emociones. La gente que arriesga, aunque sea "a las seis de la mañana", es la gente que realmente tiene motor. Estoy harta de los gajes de ser la chica de las seis de la mañana, pero prefiero ser eso, a ser la solitaria que llora cada mañana en la ducha.
Al parecer, me he convertido en la chica de las seis de la mañana. Esa de la que no eres ni nunca has sido nada. Puedes desaparecer sin razones, no la volverás ver. De listón asequible. Te sigue y se muestra disponible. Esa que da igual dónde esté, está libre, esa que para un rato te sirve y que al día siguiente no se te ocurre llamar. Total, ¿quién llamaría a la chica de las seis de la mañana un vulgar día de entre semana para tomar café?
Y es que esto de la vida es un gran tablero en el que, en principio, todos jugamos, aunque en realidad, muy pocos se atreven a echar los dados, mirar el resultado y caminar mas allá de su casilla de salida, seguro y comodidad. La mayoría de jugadores, la gente como tú, se reconfortan en su mas que cuestionable cordura, “¿Cómo voy a ir yo hacia ahí? Si aquí estoy bien…” Luego llega el momento de dar todo o nada y claro, tú sueles quedarte con el nada, porque es mejor tener nada o lo que sea que ya tienes y que está asegurado en tu bolsillo trasero, a jugártela a todo y que al final el resultado sea nada. Y piensas que el mundo se pierde lo que tienes para ofrecer, que sólo alguien tan especial y complicado de encontrar y entender como tú conseguirá pasar el enésimo filtro absurdo y adentrarse con éxito en tu pequeño universo. Vas alimentando tu desencanto y consigues de alguna forma justificar tu condición de cactus solitario que desde un alto en el desierto mira al resto de seres con la superioridad de quien aprendió a vivir sin nadie, sin recursos. De quien, a diferencia del resto de organismos fotosintéticos, ha desarrollado mecanismos para salvar el agua como ninguna otra especie y ya no se ahoga ni en los veranos más duros. Y también pinchos, por si alguien osa acercarse mas de la cuenta. Aunque, entre nosotros, nadie con tu planteamiento intentaría tocarte. Pero, pobre de ti, no puedes evitarlo. Tú no eras así, te salieron un día a raíz de un pasado de desgracia. ¿Qué puedes hacer tú? Nada. ¡Qué se acerque alguien especial, con sus guantes especiales! Como si los demás no tuviéramos fantasmas. Te proteges bajo tu armadura de cobardía y miedo y pasas por la vida sin salpicar un solo charco.
Para mí, la indolencia está sobrevalorada. Y por eso, yo, con mis cicatrices y, ¿por qué no decirlo? Mis miedos; intento mirar la frase a la inversa: Me estoy perdiendo lo que el resto me puede ofrecer. Pero me confundes. Me haces pensar que lo haces mejor que yo porque jugar es de locos. Ahora eres miembro del club de los “selectivos” y “exigentes”. Te cuelgas el cartel de ganador que siempre se salva de la quema, para así alimentar y reconfortar tu desgastada existencia. Mientras tanto, la gente como yo, los chicos y chicas “de las seis de la mañana”, también nos cansamos de ser ese algo pasajero que te divierte un ratito y te hace sentirte “menos mierda”. Los chicos de las seis de la mañana tienen sentimientos, seguramente más inmensos, que la gente que se aprovecha de ellos , y son capaces de luchar por lo que aprecian. Pensando, lo que me queda claro es que, como ya una vez dijo un viejo amigo, al final, los chicos de las seis de la mañana son los que tienen historias bonitas, fotos que enseñar, y anécdotas que nunca acaban. Vosotros, ese selecto grupo de gente que selecciona y elige, no tenéis nada, y me temo que nunca lo tendréis. Sois la gente que acaba a los 50 en un centro comercial un sábado buscando una película para pasar en soledad su noche festiva, carne de cañón de lágrimas en lo oscuro. Seréis los que tarde o temprano rocéis vuestro límite y os acabéis deshaciendo la ansiedad en compras compulsivas, horas de televisión y nuevas manías; en discos, libros y películas, formas de arte que te hagan viajar hasta otras vidas, mientras tus entrañas se retuercen en la rutina sin más consuelo que el silencio más vil, en el que a golpe de Orfidal y Lexatin, finalmente conseguirás dormir. Los chicos de las seis de la mañana, son los que dominan el mundo, los que le dan cuerda para girar y ¿por qué no?, los precursores de las emociones. La gente que arriesga, aunque sea "a las seis de la mañana", es la gente que realmente tiene motor. Estoy harta de los gajes de ser la chica de las seis de la mañana, pero prefiero ser eso, a ser la solitaria que llora cada mañana en la ducha.
domingo, 16 de marzo de 2014
jueves, 13 de marzo de 2014
I Fall In Love Too Easily
I fall in love too easily.
I fall in love too fast.
I fall in love too terribly hard...
for love to ever last.
My heart should be well-schooled
'cause I've been fooled in the past,
but still I fall in love so easily,
I fall in love too fast.
sábado, 8 de marzo de 2014
Copycats
"The trouble with most musicians today is that they are copycats. Of course you have to start out playing like someone else. You have a model, or a teacher, and you learn all that he can show you. But then you start playing for yourself. Show them that you’re an individual. And I can count those who are doing that today on the finger of one hand.
A man can only be a stylist if he makes up his mind not to copy anybody. Originality is the thing. You can have tone and technique and a lot of other things but without originality you ain’t really nowhere. Gotta be original."
Lester Young
jueves, 6 de marzo de 2014
Es de noche otra vez en tus ojos.
Es de noche al mirarte otra vez,
en la linea del final de día,
en un largo sábado
de luces perdidas.
Pero a veces es de día otra vez
en tu cara, después de llover;
como el blanco invierno
en el fondo de tu voz.
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