lunes, 26 de mayo de 2014

Propósitos.



Con el fin de semana prácticamente extenuado me dispongo a organizar horarios, a repartir el tiempo entre mis múltiples empleos y de paso, aprovecho uno de los últimos espacios de este día de descanso para sacar un rato para mí. Han sido dos días necesarios para mis venas. Días en que trivialidades del día a día como son el fútbol, o encontrar por fin un día completo sin nada que hacer, han sido una buena razón para desatar euforia, emociones que permanecían contenidas y en definitiva, la ansiada desconexión.

Me sorprendo pensando en aquellos meses de vacío en que no imaginaba que en un futuro tan cercano echaría de menos los días largos como hoy. Días de armisticio entre mis demonios y yo, traducidos en veinticuatro horas de tiempo muerto para dar la espalda al mundo todo el tiempo que haga falta. No era consciente de que quizás llevo semanas necesitando una tregua. Para dejar mi mente en blanco y desde mi cama, cubrirme completamente con el nórdico, cerrar los ojos y esperar; esperar a que pasen las horas y hacer mi particular jornada de reflexión. Empezar por ir poco a poco deshaciendo el mundo paralelo en el que acostumbro a resguardarme los días de diario con la esperanza de que salgan ilesas esas teorías que siempre que puedo construyo en forma de muros de palabras que apenas consiguen decir nada, para encerrar verdades esclavas, que ya suenan algo desafinadas.

Trato de organizarme los días, las horas, los minutos y hasta los segundos del día que se me viene encima: otro lunes de estrés, de sueño y prisas. Y de despropósitos: Propósitos que, formulados hoy, mañana sin lugar a dudas se suicidarán haciendo honor a la teoría del caos y a mi volubilidad extrema; para terminar descansando latentes en algún lugar de mi desordenada memoria, esperando a otros días de descanso para salir de su escondite y hacerse ver, una y otra vez. Quisiera volver a ser la niña que se caía para aprender, o la que se escapaba de la cama buscando alguna sombra distinta en la penumbra del salón. Pero aunque hay certezas sin las que preferiría vivir, todos los propósitos que empiezan por tu nombre son iguales y terminan llegando a su particular ‘game over’. Un día te levantas y piensas que siete días serían suficientes para dejarte atrás. Empiezas a correr y al tercer día te empiezas a cansar. El día cinco pides tiempo muerto y vuelven las malditas ganas de gritar. Gritarte que te extraño, que no quiero dejarte atrás. Que no quiero que te vayas, pero que no entiendo qué haces aún aquí. Y hago el amago de suplicarte que acabes con esto, que dejes de una vez de apretarme las entrañas. Pero a estas alturas mi voz ya se ha rasgado como una cuerda oxidada de no usarse. Por supuesto, el séptimo día vuelves a la lista de propósitos por cumplir: Debería quemar cada bandera que en tu nombre levanté.

Por ti, me hice fría y calculadora, de esas que racionalizan sus ganas y las administran con cuentagotas; de esas que congelan el dolor y lo pasean en forma de humor negro. Por ti me convierto en una ermitaña, por lo imposible que me resulta hablar de ti. Tú, problema y solución al mismo tiempo. Ya he vivido esto. Simple y cruda conclusión saco hoy de aquí: Tengo que dejar de ponerme guapa para ti. Debería dedicarme en cuerpo y alma al propósito de escapar de todo lo que te rodea. Porque una red social no es un lugar donde acudir a respirar. Porque, no sé si estarás al tanto, pero estarás de acuerdo en que no puedo seguir así.

Ya elaborada la lista, antes de fijar en mi mente el protocolo y las instrucciones para sobrellevar con éxito un nuevo lunes de propósitos, esta vez coloco al lado de tu nombre un asterisco que te dirija al pie de página, donde te digo que si mañana fuera el día, si lograra dejarte atrás por fin, si el destino, esta vez lograra llevarme lejos, más allá de las temidas y oscuras aguas de la posteridad, sólo espero que algún día leas todo lo que algún día escribí por ti, todo lo que no tuve ocasión de decir. Y que me jode admitir que aposté todo y ahora sólo quedan palabras. Pero, seguramente, no será. Y en siete días volverás a mi lista de propósitos por cumplir. Porque cuando la cabra tira al monte, aunque pase el tiempo, sigue tirando al monte. Y los propósitos de hoy serán los despropósitos de mañana. Nunca olvides, que cuando la cabra tira al monte, lo hará siempre, aunque esté equivocándose otra vez.




jueves, 22 de mayo de 2014

Imposibles.

Nada. Ni hola, ni adiós, ni señales, ni muecas. Nada. Nada que luego maldices por no haber dicho nada cuando querías haber dicho todo. Pero, ¿qué puedo hacer? Eres la ambigüedad hecha persona, con la que todo vale y nada es lo que parece ser. De pronto, el silencio es la ley. Tu ley. Un precipicio entre dos personas, que no deja más opciones que arrojar a él lo que traigas en los bolsillos. Ahí es donde debería ir a parar su ausencia perfumada de deseo y destierro; y esta normalidad en forma de mentiras, que sonríen al otro lado del espejo. 

Ahora que las preguntas y las respuestas están condenadas a permanecer aquí dentro, bien guardadas, donde nadie pueda verlas, he decidido acogerme a la mínima probabilidad de que acabes aquí. Mi conciencia trata de convencerme diciendo que tarde o temprano no vendré a escribir nada sobre ti, pero hay días como hoy en que deja de mentir, para intentar desesperadamente soltar aquí y ahora todas las palabras que me queman, esas que seguramente no deseas escuchar y que, de otra forma, no tendré ocasión de pronunciar. Después de todo, la magia de este lugar radica en ese margen de error, en esa posibilidad ínfima de que mis palabras lleguen a su puerto. Sé que lo más sensato sería guardarme para mí todo lo que te escribo y quemarlo en mi particular hoguera de San Juan, pero no sería fiable un mensaje resguardado por la certeza de tu inaccesibilidad completa. Necesito encontrar la pieza de tu ser que no cuadra en mis esquemas; y arrancar, de la primera a la última, cada página del libro en blanco que no llegamos a escribir.

Últimamente nada es seguro y ya ni la esperanza me mantiene a flote. Lo curioso es que no me termino de hundir, está siendo dolorosamente lento. Trato de buscar un buen final... O no tan bueno. A veces me da por pensar que todo sería tan fácil como que decidieras abiertamente dejarme atrás. Llegados a este punto, no sólo me doy cuenta de que he perdido completamente el temor a caer de bruces dentro del abismo, sino que además, cuanto antes caiga, mejor. Y sin embargo, miento si no admito que lo digo con la boca pequeña, porque vivir entre tus incertidumbres y tus inviernos duele, pero duele más una existencia sin ti. Sí, también confieso que me sigue ganando la idea de que lanzar todo al vacío sería demasiado fácil. Inconscientemente prefiero refugiarme en estas palabras desafortunadas que caen desde mi mente y que nadie entenderá. Ni tú. 
Y al final me vuelvo a sorprender reclamando mi derecho a ser errática, impaciente, voluble y frágil. Negándome dejar de vivir en el temor constante por lo que pueda ocurrir mañana. Buscando algún motivo que pudiera haber quedado disuelto entre desayunos de incierto. En definitiva, me resisto a deshacerme de todo lo desagradable en vez de aprender a vivir con ello. Tampoco me deshago de las intrigas condenadas, al parecer, a permanecer deshechas en forma de cabos sueltos dentro de mí, que se apagarán dejando paso a futuros que no nos conocerán y que no conoceremos… Y que ya echo de menos. Aprendí a andar con dudas en los zapatos. Dudas que, se multiplican como una plaga y cada día rozan mas. Camino a sabiendas de que hay cosas que nunca aprenderé a soportar. Y de que habrá una nueva herida por cada paso en cada día que no estarás.


Es fácil admitir un error, más difícil enmendarlo. Darlo todo a cambio de un reflejo de lo que pudiste ser. La duda llega cuando pasa el tiempo y te preguntas si ha sido coherente y correcto jugársela a todo por tu sonrisa. La respuesta no tarda en llegar, por ti todo hubiera valido la pena.

Sin embargo, una visión bastante cínica de la realidad consigue interponerse con éxito entre mis sueños y lo que yo pueda hacer por ellos. Se me acaban los cartuchos y me convierto en una minúscula lágrima que cayó al fondo del mar y que, desde la inmensidad del océano, se ve incapaz de demostrar que no es como las demás. Que su naturaleza es distinta. Me siento como una mentirosa compulsiva a la que nadie creerá y hasta trato de evitar el tema. Sí, yo, Doña 'Quién no arriesga no gana', he entendido que, en este caso, nadie dará valor a lo que reside en mi interior, ni lo valorará para comprobar que realmente era tan atroz como trataba de explicar. Porque no es convencional. Porque no es cotidiano. Porque construí alrededor de tu pelo una historia paralela al mundo real. Porque no nos conocemos en el sentido que a la palabra se le suele dar, y ¿por cuántas cosas mas? No lo sé. Que le den a la poesía y a las palabras bonitas. Cómo me jode no poderte tener. 

Pero más allá de las palabras, estaría bien que alguien por casualidad tuviera ocasión de probar mi saliva estos días. Desde luego, no hay duda de que se sorprendería al comprobar que existan sabores tan drásticos, sabores adulterados por imposibles que tienen nombre, seguramente también apellidos y un único destino reservado, como no, en el cajón de los imposibles, y de lo que no es de bien echar de menos. Después de meses de silencio, supongo que el sarcasmo y la ironía harán el resto.

La única cosa que me queda clara es que, las reglas del destino en las que tanto suelo creer, si bien aciertan de cuando en cuando, la mayoría de veces sólo son una sarta de incoherencias caóticas y prueba de ello es que este mundo está lleno de personas cuyos caminos no se cruzarían ni en un millón de años y que, sin embargo, necesitan estar juntas. Nadie conseguirá hacerme creer que el magnetismo de los polos opuestos de dos imanes lejanos no es real, sólo por el hecho de que nadie los vió unidos jamás. Como nunca aceptaré que puede haber tanta química entre dos miradas que nunca podrán estar a menos de 10 cm de distancia. Nunca lograré entender porqué existen los imposibles.  

Para terminar, mi deseo para ti, si decides quedarte en nada, si al final nunca me llegas a encontrar... Que hasta el último día todos tus sueños tengan la textura de lo real.




lunes, 19 de mayo de 2014

Mi ideal.



My ideal/Chet Baker Sings (Pacific Jazz, 1956)


Hace mucho que mi corazón y mi mente se reunieron y, tras varios bocetos sin éxito, diseñaron mi ideal. 'Pura fantasía, puro absurdo', solía pensar. Pensaba que el ideal de mi corazón no se puede medir. Ni pedir a la carta. 
En cambio, a veces, algo se enciende y puedes notar como, los pies de plomo tiemblan y te deshaces en intrigas. Y me planteo si no será siempre una fantasía. Tal vez ella es un sueño y sin embargo, podría estar a la vuelta de la esquina. Esperándome. ¿Me sabrá ver? ¿Me habrá visto ya? ¿Reconoceré la luz en sus ojos? La que otros no revelan. O pasaré con prisas... Y sin prestar atención camine a su lado, de largo, sin siquiera saber... que era mi ideal.






jueves, 8 de mayo de 2014

No, no te quiero.

Todo empieza como algo fugaz. Una estrella que pasa rápida y a la que pides un deseo. Pensé que durarías lo mismo que un cambio de estación. Que mis ojeras no saldrían a pasear por ti. Y como tantas otras antes y tantas que vendrán después, me equivoqué. Me quemé jugando con fuego. Pero no te confundas, yo no te quiero. 

Millones de personas alaban cada día dioses intangibles en cada esquina del mundo. Y que la loca sea yo porque creo en ti.
Sé que no lo entiendes pero, como ya dije una vez, no me arrepiento de ser de esa gente que arriesga por las cosas que aprecia. Me equivoqué, a veces pasa. El duelo eterno: el todo o nada, la oscuridad y la luz. Soñar es para quien sabe construirse y reinventarse. Me río de los que opinan que soñar es de perdedores. Creo que todos deberíamos ser más arquitectos de nuestros días, todos deberíamos ser más débiles y dejar más fácilmente que unos dedos anónimos rocen cada tecla de nuestro piano. Siempre tendrás las dos opciones, la de hacer algo o no hacerlo, y seguramente las dos tendrán el mismo desenlace: quedarte como estabas. La diferencia sólo será que en ese punto podrías haber recogido momentos de plenitud. Tú eliges. Yo nunca supe bien de qué color son tus ojos, pero en algún momento creí que se podría parecer en algo al de mi porvenir. No sabría decir por qué. Tampoco sabré a qué sabrán tus días, pero en alguna ocasión creí ver la incertidumbre alejándose de ti. Pero no te confundas, yo no te quiero. 
Y supongo que llegué a ser vista como uno de esos invidentes que tantas veces me cruzo en el Metro, caminando con decisión, subiendo y bajando escaleras con esa, a mis ojos, extraordinaria osadía, dada su total ceguera. Visto así, entiendo que podría haber jugado mejor mis cartas. Podría haberme guardado alguna para mí. Pero elegí colocarlas todas boca abajo, sobre la mesa, delante de ti, para que tú las levantaras. Me quedé sin bazas a la primera de cambio, sí, pero nunca te he ocultado nada. Aún con esas, no te equivoques, yo nunca te he querido. Porque yo no te quiero. Yo (te) veo. Como los ciegos.

Equivocarse es fácil. A veces me da la sensación de que, entre tanto desconcierto, es posible que me hayas confundido con el resto. Que si hago lo que hago, si escribo, es porque me aburro, porque no tengo nada mejor en que pensar. Y debo decirte que deberías poner los pies en el suelo sobre eso. Y que no, que yo no te quiero. Y que la diferencia entre ellas y yo es que tardaré en irme lo que tardes en hacerme invisible de verdad, sin silencios. O debería decir, pseudosilencios. 
Dicen que la vida es un continuo abrir y cerrar de puertas. Sería tan fácil como mostrarme tu voluntad de que desaparezca. No lo dudes, te cerraría con un ruidoso portazo. Porque yo no te quiero. Y porque nunca fui persona de silencios. Prefiero las palabras más duras de las bocas más hirientes. Y sin embargo al ver que no pasa nada llega un momento en que percibo el tiempo más lento. Difuso y estancado. No sé qué día es, ni cuantos meses han pasado. Ni cuanto queda para el juicio final. Llega un momento en el que apenas soy capaz de decirte nada. Supongo ya no me queda nada por decirte y sin embargo, no me basta con tu silencio. Porque yo no te quiero, pero yo (te) creo.

Ayer fue uno de esos escasos días en que logré llegar a casa antes de las 10. Las calles estaban vacías nada mas anochecer. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Acarreando el cansancio, las prisas, y hasta el aspecto, que en mi caso a esas horas, difícil que algo caiga donde debe. De pronto, el estrés es un aliado que enmudece como nadie mis voces internas. Mis horas libres escasean y he de decir que estoy mejor los días en que mantengo la mente dispersa en esos lares, que cuando me sobran las horas para necesitar una respuesta, o para pensar algo que dé sentido a lo que haces. Y sin embargo, en el giro entre mis varios empleos a veces termino sacando un hueco para ti. Pero yo no te quiero. Y a veces también resulta muy fácil evadir mi mente en algo que hacer. Siempre hay algo que hacer y cada cual es como es. Unos nos abrigamos en el consuelo de estar ocupados, otros en el de probar labios nuevos cada amanecer.

Sería lo suyo armarme de indolencia para tu indiferencia, pero no hace mucho, me habría alistado a cualquier guerra llevando tu nombre en mi bandera. Dicen por ahí mis cercanos que en las cuestiones ajenas soy buena consejera. Pero todo cambia cuando me toca vivir las cosas en primera persona, y entonces soy la peor autoadministradora que puedas imaginar. Cuando las cosas se me rompen en las manos, y comienzan a surgir pequeños cortes que empiezan a sangrar. Entonces me convierto en un paciente con heparinas y no hay Dios que me haga cicatrizar si es que queda alguna gota que desangrar primero. Debí irme antes de convertirme en esto. Antes de desesperar queriendo calcular con números enteros la x desecha de nuestra ecuación. Supongo que a veces uno y uno no suman dos. Pero nunca fue lo mío dejar cabos sueltos. Las historias sólo terminan cuando los cabos se dejan bien atados, cuando las cuerdas que nos sostienen a nuestras vidas bien distantes quedan anudadas y son capaces de aguantar el huracán. Este es el plan: Me das un final y me iré sin mas. No volveré la mirada atrás en mi destierro. Porque yo no, no te quiero. 

Una sabia de otro tiempo solía cantar diciendo que ser libres no es otra cosa que no tener nada que perder. Sólo a veces me gusta completar su teoría pensando en un todo por ganar. A veces concluyo que no tengo que buscarte porque tú eres la libertad. Que nos encontraremos sin esperarnos, porque tu y yo somos la libertad. Mentiría si dijera que no tengo miedos. Que mientras mi turno se acerca, muevo dados y hasta a veces, me temo que espero. Y mentiría si dijera que soy tan ingenua como para de alguna forma no haber sabido siempre que no era buena idea entrar en tu juego. Debes preguntarte por qué todavía entro. La respuesta para eso... Porque no, no te quiero.



viernes, 2 de mayo de 2014

Anónima

Hace diez minutos, sería a eso de las cinco cuando me ha parecido ver a Anónima en esta discoteca plagada de almas desconocidas, apoyada en uno de los baffles que dan a la esquina de la pista en que yo estoy. Parece distante y sin embargo, transparente. Cuando la soledad es visible, nada sirve. Va puesta de todo, está mareada, se rodea de gente pero sigue sola. No hay drogas para eso. La distingo del resto y, ¿cómo la describiría? Es una chica que se esconde detrás de su vestido negro y su ron con lima.

Intento pensar en qué pasó, reto para mi mente dispersa en música atronadora y alcohol. Me escuecen los ojos del humo y siento el pulso acelerado. Lo recuerdo todo, pero sin detalles. A grandes rasgos, diría que Anónima y yo nos pseudoconocimos en un pseudolugar, por pseudoazar y con un pseudoalgo de que hablar. Me fui adentrando en su pseudoexistencia, una densa y nublada atmósfera a la que yo, con cuidado, lenta y escrupulosa, he ido arrancando capas minuciosamente, hasta dar con una que parece hecha para mí. Mi pseudolugar en sus pseudodías.

Sé que es una malísima idea. Pero confío en la palabra “pseudo”. Es tan fácil dejarte llevar por ella, tan fácil olvidarlo todo cuando la utilizas. Tan fácil malvivir a su lado. Pseudomirada, pseudosonrisa, pseudoquímica, pseudoabrazo, pseudobuenosdías, pseudoadiós, pseudotú, pseudoyo. Empiezo a pensar que la uso demasiado a menudo, que hay demasiadas cosas que no sé explicarme sin ella en mi boca. Soy consciente de cómo me engancha y no pongo remedio. Soy una inconsciente. No obstante, ¿cuántas veces me ha dado el aire? Debería desterrarla de mis frases. Y ver que ha pasado demasiado tiempo. Y que la verdad es que sigo sin saber a qué suena su voz, que no podría describir sus facciones, ni explicar cómo caen sus pestañas, ni el color exacto de pelo. Ni siquiera podría asegurar si era tan pseudomaravillosa como creía recordar.

No hay mucha gente en mi lado de la pista. Trato de disimular mi curiosidad, seguramente sin éxito, haciendo ver que desvío mi mirada hacia el resto de los presentes, de cuando en cuando, aún con la certeza de saber que ni nunca ha sido lo mío interpretar, ni la tasa de alcohol exigida para ello me avala en este preciso momento. Es obvio que me reconoce. Sin embargo, Anónima no parece incomodarse por mi presencia. Ni por mis ojos clavados en su escena de las 5.10 en mi reloj, en la que Anónima, delante de mí, se dedica a remover en su vaso alargado, con una pajita, lo que parece ser su pasado en forma de hielos cúbicos que giran en el fondo de su copa ya consumida. Diría que se debate entre la idea de un sorbito más o no. Pensaría que no es consciente de que tiene el vaso vacío si no fuera porque clava sus ojos en el fondo de él. Nada parece incomodarla ni sacarla de ese pasado cercano que empeña su tiempo. Le estoy viendo mover su mano derecha, que desciende sin prisa y se detiene en el lado izquierdo de su pecho, donde empieza a palpar sin encontrar lo que busca. Su gesto cambia y tras unos instantes de búsqueda, la mano derecha cae y ella lanza un suspiro. Parece ser que Anónima no encontró lo que buscaba, sino una versión de aquello, esta vez estropeada, apagada y gris. Imagino lo que buscaba y que su mente ahora vuela lejos de aquí. Vuela recordando tiempos en los que sí encontraba lo que andaba necesitando, tiempos anteriores a que otro alguien anónimo se marchara llevando consigo el combustible que ponía en marcha todo el mecanismo fino que movía, más allá de la fisiología, lo que ella encierra en ese lado izquierdo.

En esto último, he perdido la noción de los minutos y la verdad, ya no me importa qué hora es. A juzgar por el cansancio, el nuevo día ya debe rozar su amanecer. Aún sigo observando y veo que Anónima arranca a andar. Siento ganas de pararla, decirle algo desesperadamente, pero no sé muy bien el qué; consolarla, abrazarla, pero me falta tanto el valor como la lucidez mental, que de poco sirve diluída por el ron en mis venas, para desempeñar tan ardua tarea. Además, ¿a quién quiero engañar? Seamos sinceros, yo nunca podré rellenar esos huecos. Porque eso, es cosa de cada uno. Y cada uno tiene su historia.

Veo a Anónima dar tumbos en dirección a la puerta y como, pese a los vaivenes, logra encontrar la salida. Acaba de pasar a mi lado. Me atrevería a decir que mi piel y su piel se han rozado. De repente, el tiempo se para y veo una lágrima entre su pelo y el suelo. Congelada en el tiempo, en mi tiempo. Apenas puedo distinguirla desde mi punto de visión. Miro al suelo, decido cerrar los ojos y varios segundos después, los abro y visualizo la entrada, ahora más despejada. Anónima ya no está. Desvía mí atención, por un momento, encontrarme con un rostro conocido. Se cruzan nuestras miradas y sonrío. Y juntos volvemos al punto de partida. La pista sigue igual, ruidosa y masificada, aunque ahora sea por mi cara por donde corre una furtiva lágrima.