Con el fin de semana prácticamente extenuado me dispongo a organizar horarios, a repartir el tiempo entre mis múltiples empleos y de paso, aprovecho uno de los últimos espacios de este día de descanso para sacar un rato para mí. Han sido dos días necesarios para mis venas. Días en que trivialidades del día a día como son el fútbol, o encontrar por fin un día completo sin nada que hacer, han sido una buena razón para desatar euforia, emociones que permanecían contenidas y en definitiva, la ansiada desconexión.
Me sorprendo pensando en aquellos meses de vacío en que no imaginaba que en un futuro tan cercano echaría de menos los días largos como hoy. Días de armisticio entre mis demonios y yo, traducidos en veinticuatro horas de tiempo muerto para dar la espalda al mundo todo el tiempo que haga falta. No era consciente de que quizás llevo semanas necesitando una tregua. Para dejar mi mente en blanco y desde mi cama, cubrirme completamente con el nórdico, cerrar los ojos y esperar; esperar a que pasen las horas y hacer mi particular jornada de reflexión. Empezar por ir poco a poco deshaciendo el mundo paralelo en el que acostumbro a resguardarme los días de diario con la esperanza de que salgan ilesas esas teorías que siempre que puedo construyo en forma de muros de palabras que apenas consiguen decir nada, para encerrar verdades esclavas, que ya suenan algo desafinadas.
Trato de organizarme los días, las horas, los minutos y hasta los segundos del día que se me viene encima: otro lunes de estrés, de sueño y prisas. Y de despropósitos: Propósitos que, formulados hoy, mañana sin lugar a dudas se suicidarán haciendo honor a la teoría del caos y a mi volubilidad extrema; para terminar descansando latentes en algún lugar de mi desordenada memoria, esperando a otros días de descanso para salir de su escondite y hacerse ver, una y otra vez. Quisiera volver a ser la niña que se caía para aprender, o la que se escapaba de la cama buscando alguna sombra distinta en la penumbra del salón. Pero aunque hay certezas sin las que preferiría vivir, todos los propósitos que empiezan por tu nombre son iguales y terminan llegando a su particular ‘game over’. Un día te levantas y piensas que siete días serían suficientes para dejarte atrás. Empiezas a correr y al tercer día te empiezas a cansar. El día cinco pides tiempo muerto y vuelven las malditas ganas de gritar. Gritarte que te extraño, que no quiero dejarte atrás. Que no quiero que te vayas, pero que no entiendo qué haces aún aquí. Y hago el amago de suplicarte que acabes con esto, que dejes de una vez de apretarme las entrañas. Pero a estas alturas mi voz ya se ha rasgado como una cuerda oxidada de no usarse. Por supuesto, el séptimo día vuelves a la lista de propósitos por cumplir: Debería quemar cada bandera que en tu nombre levanté.
Por ti, me hice fría y calculadora, de esas que racionalizan sus ganas y las administran con cuentagotas; de esas que congelan el dolor y lo pasean en forma de humor negro. Por ti me convierto en una ermitaña, por lo imposible que me resulta hablar de ti. Tú, problema y solución al mismo tiempo. Ya he vivido esto. Simple y cruda conclusión saco hoy de aquí: Tengo que dejar de ponerme guapa para ti. Debería dedicarme en cuerpo y alma al propósito de escapar de todo lo que te rodea. Porque una red social no es un lugar donde acudir a respirar. Porque, no sé si estarás al tanto, pero estarás de acuerdo en que no puedo seguir así.
Ya elaborada la lista, antes de fijar en mi mente el protocolo y las instrucciones para sobrellevar con éxito un nuevo lunes de propósitos, esta vez coloco al lado de tu nombre un asterisco que te dirija al pie de página, donde te digo que si mañana fuera el día, si lograra dejarte atrás por fin, si el destino, esta vez lograra llevarme lejos, más allá de las temidas y oscuras aguas de la posteridad, sólo espero que algún día leas todo lo que algún día escribí por ti, todo lo que no tuve ocasión de decir. Y que me jode admitir que aposté todo y ahora sólo quedan palabras. Pero, seguramente, no será. Y en siete días volverás a mi lista de propósitos por cumplir. Porque cuando la cabra tira al monte, aunque pase el tiempo, sigue tirando al monte. Y los propósitos de hoy serán los despropósitos de mañana. Nunca olvides, que cuando la cabra tira al monte, lo hará siempre, aunque esté equivocándose otra vez.
Me sorprendo pensando en aquellos meses de vacío en que no imaginaba que en un futuro tan cercano echaría de menos los días largos como hoy. Días de armisticio entre mis demonios y yo, traducidos en veinticuatro horas de tiempo muerto para dar la espalda al mundo todo el tiempo que haga falta. No era consciente de que quizás llevo semanas necesitando una tregua. Para dejar mi mente en blanco y desde mi cama, cubrirme completamente con el nórdico, cerrar los ojos y esperar; esperar a que pasen las horas y hacer mi particular jornada de reflexión. Empezar por ir poco a poco deshaciendo el mundo paralelo en el que acostumbro a resguardarme los días de diario con la esperanza de que salgan ilesas esas teorías que siempre que puedo construyo en forma de muros de palabras que apenas consiguen decir nada, para encerrar verdades esclavas, que ya suenan algo desafinadas.
Trato de organizarme los días, las horas, los minutos y hasta los segundos del día que se me viene encima: otro lunes de estrés, de sueño y prisas. Y de despropósitos: Propósitos que, formulados hoy, mañana sin lugar a dudas se suicidarán haciendo honor a la teoría del caos y a mi volubilidad extrema; para terminar descansando latentes en algún lugar de mi desordenada memoria, esperando a otros días de descanso para salir de su escondite y hacerse ver, una y otra vez. Quisiera volver a ser la niña que se caía para aprender, o la que se escapaba de la cama buscando alguna sombra distinta en la penumbra del salón. Pero aunque hay certezas sin las que preferiría vivir, todos los propósitos que empiezan por tu nombre son iguales y terminan llegando a su particular ‘game over’. Un día te levantas y piensas que siete días serían suficientes para dejarte atrás. Empiezas a correr y al tercer día te empiezas a cansar. El día cinco pides tiempo muerto y vuelven las malditas ganas de gritar. Gritarte que te extraño, que no quiero dejarte atrás. Que no quiero que te vayas, pero que no entiendo qué haces aún aquí. Y hago el amago de suplicarte que acabes con esto, que dejes de una vez de apretarme las entrañas. Pero a estas alturas mi voz ya se ha rasgado como una cuerda oxidada de no usarse. Por supuesto, el séptimo día vuelves a la lista de propósitos por cumplir: Debería quemar cada bandera que en tu nombre levanté.
Por ti, me hice fría y calculadora, de esas que racionalizan sus ganas y las administran con cuentagotas; de esas que congelan el dolor y lo pasean en forma de humor negro. Por ti me convierto en una ermitaña, por lo imposible que me resulta hablar de ti. Tú, problema y solución al mismo tiempo. Ya he vivido esto. Simple y cruda conclusión saco hoy de aquí: Tengo que dejar de ponerme guapa para ti. Debería dedicarme en cuerpo y alma al propósito de escapar de todo lo que te rodea. Porque una red social no es un lugar donde acudir a respirar. Porque, no sé si estarás al tanto, pero estarás de acuerdo en que no puedo seguir así.
Ya elaborada la lista, antes de fijar en mi mente el protocolo y las instrucciones para sobrellevar con éxito un nuevo lunes de propósitos, esta vez coloco al lado de tu nombre un asterisco que te dirija al pie de página, donde te digo que si mañana fuera el día, si lograra dejarte atrás por fin, si el destino, esta vez lograra llevarme lejos, más allá de las temidas y oscuras aguas de la posteridad, sólo espero que algún día leas todo lo que algún día escribí por ti, todo lo que no tuve ocasión de decir. Y que me jode admitir que aposté todo y ahora sólo quedan palabras. Pero, seguramente, no será. Y en siete días volverás a mi lista de propósitos por cumplir. Porque cuando la cabra tira al monte, aunque pase el tiempo, sigue tirando al monte. Y los propósitos de hoy serán los despropósitos de mañana. Nunca olvides, que cuando la cabra tira al monte, lo hará siempre, aunque esté equivocándose otra vez.