viernes, 8 de agosto de 2014

El combate.


Una vez escuché la voz de una desconocida decir que la vida es una serie de decisiones, con resultados y consecuencias. Y, tras darle vueltas, decidí no estar de acuerdo. Porque aunque sea una cobarde excusa culpar al destino de nuestros desaciertos, lo cierto es que hay cosas que no se eligen y me atrevo a decir que, incluso las cosas que sí se eligen, en realidad tampoco se eligen del todo. Me explico: a lo largo de mi tiempo tomé decisiones y, de todas ellas, aquellas que requerían más valor y entereza casi siempre vinieron precedidas de una fuerza especial característica, impropia de lo cotidiano. Y es que las palabras de alguien cercano pueden hacer que se deshagan todas tus dudas de repente, de la misma forma que un bache a destiempo te puede volver minúsculo. Y si al encender la radio por la mañana suena tu canción favorita, el día empieza bien. Y una secuencia de golpes de suerte pueden el ser el detonante perfecto para convertirte en el afortunado reflejo de ti mismo que venías necesitando ver para sentirte capaz de hacer algo; igual que un periodo desdicha puede anular por completo aquello en lo que creías. Sin ir más lejos, viene a mi mente el día en que logré aunar el valor necesario para romper con lo que tenía, desterrar viejos fantasmas y marchar a vivir a la ciudad que me cambió la vida; o aquellos otros meses de oscura incertidumbre en los que me olvidé de mis sueños. No busco culpables y a la vez, estoy segura de no haber elegido del todo ninguno de esos momentos sino que, simplemente, los dejé acercarse. Es por eso que hace tiempo que dejé de hablar de cosas que se eligen y empecé a hablar de cosas que se buscan, de la incertidumbre como única certeza sólida y de que, quizá ser honestos con nosotros mismos y en definitiva, con esas cosas que ‘tienen que ser’, quizás sea lo más cercano que estamos y estaremos de escribir nuestra propia historia. Llegados a este punto, con la mezcla de calma e impotencia derivada de haber entendido que la historia se compone de cosas que ‘tienen que ser’ y otras que no, llego a la conclusión a la que debió llegar Beethoven cuando realizó aquellas anotaciones en el cuarto movimiento de su cuarteto de cuerda número 16: “Muss es sein? Es muss sein!”. Y mirando hacia otro lado evito perderme buscando soluciones a enigmas irresolubles como por ejemplo, si aquella noche sólo perdí yo, si fue un acierto marcharme sin dejar más rastro que un número de teléfono o si, en definitiva, no supe estar a la altura de lo que exigía mi ‘muss es sein’. Y me tranquiliza volver volátil mi pensamiento hasta engañarme creyendo que la solución pasa por desaparecer sin dejar rastro, volviendo leve mi existencia y dejando volar mi mente al ‘País de las maravillas’ donde nada importa demasiado, donde lo que escriba aquí no será relevante puesto que sólo será fruto de uno de esos momentos que todos tenemos de vez en cuando, en el que me permito el lujo de que mis ganas sean más fuertes que yo, de que mi fuerza de voluntad sea papel de fumar y de lanzar frases al aire que nadie entenderá. De sentarme delante de un vaso con agua para volcar en él las ganas de todo por ti y agitarlo sin miedo a enfrentarme de nuevo a su naturaleza indisoluble  y a su carácter imposible. A que el amor pueda ser una guerra, como la que se plantea entre las dos fases inmiscibles que, mezcladas en el vaso, se alejan rápidamente cuando dejas de agitalo. Un combate imposible que sólo puede terminar perdiendo, porque la victoria son las ganas inexplicables de seguir peleando pese al desgaste, pese a la inercia, pese a saber que "no tiene que ser", pese a que te soy indiferente y que, seguramente, escalar el K2 u obtener agua de las piedras sería más fácil que arrancarte una respuesta; que aterrizar un avión sin coordenadas o entrar a saquear un destacado museo sería más sencillo que robarte el aliento. Pero a la vez, con la disparatada e inevitable idea de que vale la pena intentarlo. Y que combatiré lo que sea necesario, hasta el final. Es entonces cuando elijo levantarme, al tiempo que llegamos a la recta final de mi particular 'Knock-out'.

Ante la vista intrigada de los jueces, del Referí, de los coach y del público del Ringside, cambio de estrategia y esta vez encamino mis pasos a la esquina neutral del ring, donde descansan nuestras dudas, para empezar por dirigirme a las tuyas y ofrecerles un sitio en mi sillón incómodo, donde les aseguro que se sentirán como en casa. Les diré que la batalla no ha terminado y les suplicaré que esperen sentadas donde pueda verlas. Y también les diré que estén tranquilas, porque no he venido a traerles la paz.
Seguiré mis artimañas buscándote en tus horas intempestivas para entrar en tu insomnio y hacer un clinch a tus temores y a tus viejas decepciones para decirles al oído que está bien, que son libres de interponerse en mi camino las veces que sean y que podrán ponerse como quieran, pero que al final no se saldrán con la suya, porque hace ya diecisiete siglos el filósofo Platón hizo creer a la humanidad entera el mito de las almas gemelas. Les recordaré que Dante viajó hasta el ‘Infierno’ en su “Divina Comedia”, transitó el ‘Purgatorio’ y deambuló hasta el ‘Paraíso’ en busca de Beatrice, fallecida con quien no llego a cruzar palabra en vida. Que Edward Bloom trabajó durante años a cambio de conocer a la perfecta extraña que paró su tiempo; y que vació de narcisos las floristerías de cinco estados para ponerlas bajo la ventana de Sandra Templeton. Que Psique no dudó en aceptar su peligrosa misión y puso rumbo al submundo en busca de Perséfore. Que Perseo se enfrentó al mounstro marino Ceto por el amor de Andrómeda. Y, sin ánimo de dar ideas, que Mark Twain prometió tras su rechazo, escribir a Livy a diario hasta conseguir su amor y no abandonó su misión hasta conseguir sus objetivos unos años después. Que Juliette escribió 18000 cartas a Victor Hugo. Y que las diferencias entre Afrodita y Ares finalmente no ganaron a su naturaleza imparable y es por eso que su historia es eterna, desde el día en que el amor enamoró a la guerra. 
Yo, lejos de poseer poderes dignos de una diosa de la mitología, me conformaré con extender las fronteras de nuestro ring hasta las calles de nuestra ciudad vacía en estas fechas, para emplear una de estas noches de verano típicas en diluirnos las diferencias en ron con coca cola bajo su cielo sin estrellas. Es muy probable que te mienta y que algunas de estas historias que te dije no sean reales, ni viables en nuestro mundo y mucho menos, en nuestras vidas. Supongo que te mentiré por primera vez, tan sólo para parecerme a lo que esperas conocer; con tal de convencerte de que, sin saberlo, me andabas esperando desde hace tiempo. Y aún sin saber quien soy, empezarás a identificarme con ese pequeño porcentaje de personas que andan por ahí dispersas sin conocerse, pero que tienen en común la misión de descubrirte tarde o temprano. Entonces, déjame encontrarte y dejar atrás ese punto de levedad donde me llamo Yara y no soy nadie y dar un salto irreversible, desde donde todo parece estar en calma, porque aún no se tiene nada, hasta cruzar la frontera de la levedad y el peso y arañarnos la primera capa de nuestros límites superficiales, donde ‘Te quiero’ son ocho letras que aún suenan demasiado rápido. Tan fáciles de olvidar. Dame un minuto para improvisar un plan perfecto e infalible que me sirva para ampliar mi pequeña parcela de tu tiempo y que no quieras saber de nadie más en las próximas dos horas. Entonces quizá empezarás a sospechar que te estafé, que donde dije “un minuto” fueron diez por cada vez. Pero para entonces, hablarás de ‘inevitables’ donde, tan sólo hace un rato, decías ‘casualidad’. Y cuando te quieras dar cuenta, te habrán pasado unas horas delante de esta desconocida, sin saber muy bien adónde vas, pero sabiendo que vas con prisas y a la vez con pies de plomo, como quien sospecha que, sin querer, en un despiste pueda desviarse fácilmente por dirección prohibida, si no lo ha hecho ya. Y entonces llegará el crítico momento en que empezaré a mirarme en los espejos y a ensayar mis muecas y gestos. Me encontrarás mirando al suelo amortiguando nuevos miedos. Cubriendo mi mirada con estos metafóricos guantes de boxeo, por si me traicionan los ojos y en un descuido miraran diciendo "No me conoces, no sé demasiado de ti, pero estoy loca... y te quiero." Con reservas, suciamente y sin permiso. Hasta que un día sin previo aviso, las reglas del juego tornen a favor de nuestra causa y deje de estar prohibido. Entonces los segundos, los minutos y las horas empezarán a correr y, cuando queramos darnos cuenta, el ring se habrá convertido en nuestro hogar y me habré vuelto asequible, me habré teñido de tus colores y rendido a tus misterios. Los días desbandados empezarán a huir de sí mismos para perseguirse unos a otros, impetuosos y hambrientos de prontitud irreflexiva. Y como un adivino sin escrúpulos profetizarás para nuestra historia un pronóstico imposible a largo plazo, pero para entonces seremos, como pacientes de Pontius, adictos al vértigo que no hace mucho nos sobrecogía. 

Y para no venderte humo, debo frenar ahora que estoy a tiempo para contarte que, ojalá me equivocase, pero es muy probable que el duelo acabe antes de lo que esperas y que, de forma inevitable, el Referí de nuestro combate se aproximará a declarar el final cuando menos lo quieras. Y entenderás de pronto aquello de que nunca vine a traerte la paz. Entonces el ring se partirá en dos y seremos como dos islas separadas por un mar inmenso. Me largaré a su debido tiempo, como se marcha de una ciudad un nómada sin linaje; como transeúntes extranjeros van dejando atrás, una tras otra, efímeras estaciones. Me iré haciendo el ruido que me caracteriza, hablando del futuro y, mintiéndote otra vez pero esta vez sin saberlo, te diré que siempre serás importante para mí, que nunca te olvidaré. Y será la penúltima mentira que te explicaré. Entre tanto, te descubrirás quemando cada letra de mi nombre en otra noche similar a esta. Y es probable que jamás me perdones por todas aquellas mentiras en las que nos comparaba con dioses mitológicos y héroes literarios.Y te llegará la hora de deshacerte de todo lo que lleve mi nombre, de vender de ti lo que es mío y de dejar en libertad lo que aún encierras de mí y que te pertenece, como si se tratara de liberar un animal salvaje, incapaz ya de vivir bajo tu chasis. Venderás nuestros sueños, ya pasados de moda y fuera de temporada, en el Rastro de las emociones, en el outlet de los sentimientos a bajo precio, hasta deshacerte del todo de cualquier tipo de indicio o prueba tangible de que pasaste conmigo los mejores meses de tu vida, hoy convertidos en cenizas. Cenizas que irán de aquí para allá. Restos de recuerdos que con suerte servirán de base para formar parte de otros cuentos, de otros nombres, de otros sueños. 

Y porque para esas alturas me habré convertido en alguien sin oportunidad ni circunstancia para decirte esto, aprovecho este episodio cero para tomarme la licencia de una desconocida y pido tiempo muerto para pedirte que no temas al dolor. Que el dolor no es tu enemigo. Que las personas que más admiro alguna vez han sido engañadas. Eminencias que más tarde han hecho cosas maravillosas con esos sentimientos tan difíciles de llevar encima. Por poner un ejemplo, colocaré un piano sobre el ring y tocaré algún tango de Gardel o de Piazzola para mostrarte mas de cerca lo que hicieron estos genios a partir de su quebranto. O mi favorito de los intermezzos de Brahms, el escrito en La Mayor, compuesto ante la imposibilidad de ser correspondido, para Clara Shumann. Si aún hubiera dudas, pediría una guitarra para versionar el mayor éxito de Dolly Parton, donde quedaron escritas sus humillantes súplicas a Jolene. Quisiera también un tocadiscos, para traer hasta tus oídos el contralto crudo y dolido de Lady Day, con el que allá por los años treinta iba poniendo pelos de punta por los after hours de Harlem. Y hablarte de que Becquer partió su mundo en dos en busca de un lugar idílico donde su amor pudiera existir, aunque fuera deshecho en palabras, sin que Julia Espín jamás sospechara que inspiró algunas de las rimas más bellas y destacadas de nuestra literatura. Que el talentoso y carismático de Frank Sinatra también tenía lo suyo y prueba de ello es que terminara firmando aquello de ‘I’m a fool to want you’. Te contaría mil historias similares pero para no entrenerte acabaré mi improvisada lista de 'héroes del dolor' con Janis Joplin y su ‘Try, just a little bit harder’ , canción cuyo mensaje no dejó de gritar, incluso tras describir entre lamentos su amor como un carro donde ella tira de él, como un burro lo haría con una zanahoria delante, la cual por más que anduviera, nunca estará a menos de treinta centímetros de su boca.

De repente, el aspecto del ring cambiará y los que te quieren empezarán a odiarme. Nos sentaremos en las esquinas más alejadas del cuadrilátero, rodeados de nuestros ‘coaches’ incondicionales, encargados de poner vendas en las heridas, de sacarnos de allí enteros y de fomentar el odio en orden de prepararnos para el siguiente combate. Desde mi esquina neutral te seguiré queriendo a rabiar, pero ya nadie lo entenderá. Y estaré con Sartre y el infierno serán los demás. El referí se acercará para indicar el final y, sin poder volver atrás, lamentaré no haber peleado mas y mejor. Y en el insomnio más cruel haré el recuento de los besos que no di, de las cosas que nunca dije, de las promesas que arrojamos al vacío y de las mil baldosas sueltas que dejaste en mi camino. Censuraré cada huella que hayas dejado en mis entrañas y, durante un tiempo, dejaré bien cerradas mis ventanas. Y haré inventario de las cosas que no volverán, al tiempo que estaré de regreso alistándome de nuevo en el mercado de personalidades ensalzadas, donde hace tiempo, una noche de un día que no elegí, te encontré de casualidad. Tratando de olvidar que eres lo mejor que encontré en aquella estación fantasma, en ese club del artificio, donde las vidas disfrazadas se baten en duelo y los sentimientos se juegan al blackjack. Me dejaré caer por los peores lugares a buscar consuelo en los brazos del diablo en mi misión de helarme el corazón, y en la ardua tarea de devolverte a tu condición de un alguien anónimo y desconocido, de un rostro visto en la calle, de una imagen de periódico. Volveré a sentarme delante de un vaso a disolverte y me preguntaré porqué no te saco de mi mente, porqué no dejo de repetir tu nombre, porque el silencio me recuerda a ti… ¿porqué el alcohol sabe a ti?. Los demás me verán como al acero inoxidable, que sí, que se oxida, pero pocos lo saben, como tampoco que su apellido ‘inoxidable’ sólo se debe a que siempre, sea cual sea su estado, muestra su aspecto metálico y brillante. Y por dentro seré como el diamante, el metal más duro y a la vez, uno de los más frágiles. Y será cierto lo que contaba aquella canción acerca de que no sabes lo que es el amor hasta que amas a alguien a quien debes dejar ir, hasta que apuestas el corazón y lo pierdes. Que no sabes cómo quema el corazón que dejó de vivir pero que aún no muere, hasta que encaras el amanecer con ojos insomnes. Y en mi afán de distancia me volveré peligrosa en las noches. Seré una cínica besando otras bocas y restregándome con otras pieles aún con tu olor impregnado en mi memoria reciente, buscando tus facciones en caras nuevas. Y volveré a ser la chica de las seis de la mañana que vuelve a casa con la vista fija en el taxímetro y que cada noche que sale se siente más libre, aunque la mañana siguiente le recuerde que el amor no existe. Estaré por ahí una larga temporada deambulando, haciendo el idiota y dando calambre a todo lo que intente tocarme. Y a mi vida vendrán personas con historias nuevas y levantaré la vista pero las miraré sin verlas. Hasta que el tiempo hable y un día deje de espantar a todo lo que se acerca y quizás hasta termine escribiendo para alguien otra historia como esta. Pero para entonces no seré la misma pues mi esencia estará contagiada de tu paso y estas personas nuevas me mirarán raro cuando sonría feliz hablando del barrio que descubrí por ti; o cuando suene tu grupo favorito y, sin ser yo muy de ellos, conozca todas sus canciones y sus discos. O cuando, estando el típico domingo en casa, echen por la tele esa película cuya historia tanto te marcó y una nostalgia insana me arrastre a verla, a pesar de saberme de memoria cada una de las escenas. Y quizás en esa lejana posteridad volvamos a vernos. Y supongo que te diré que me alegro de verte, que sin ti todo fue bien. Y esté como esté me aseguraré de que te largues con la idea de que estoy bien. Y, seguramente, esa será la última mentira que te explicaré. Y la verdad, lamentaré haberte mentido como lamento haberte entretenido con toda esta historia inventada sin venir a cuento a estas alturas. Pero si como Beethoven, que transformó a partir de un chiste un canon a cuatro voces en un cuarteto serio, convertirías lo leve en algo con peso; si como Baudelaire crees en los amores a última vista; si te hace una última batalla y, haciendo caso a Keruak, aceptarías perderlo todo. Si crees como Chaplin que del caos nacen las estrellas y si sobretodo, estás conmigo en que aquella canción tiene razón y la excusa más cobarde es culpar al destino...  Entonces, cruza las nueve cifras y clava tu voz a mi destino. Muss es sein? Es muss sein!

viernes, 6 de junio de 2014

Ciegos.

Las personas somos seres de costumbres y esta mañana cogí por última vez el tren de las 08.26. Con ello cierro una etapa que va directa al archivo de capítulos imprescindibles. Sólo fueron unos meses, pero no por ello ha sido menos necesario e intenso. De altos y bajos, de dudas que no se salieron con la suya, y de encontrar el equilibrio entre haber crecido y a la vez no tener miedo a parecerme un poco a veces a la niña que se caía para aprender, una y otra vez. Más allá de cómo acaben las cosas que nacieron de ellos, agradezco a estos meses el haberme dado la ocasión de demostrar que, a pesar del desgaste, no estoy tan quemada como llegué a pensar; y que en definitiva, sigo siendo esa idiota con aires de libertad que no termina de asustarse con la idea de saltar, incluso a riesgo de saber que muy probablemente la piscina estará vacía. 
Hace meses abrí este rincón con el fin de registrar esas vivencias triviales, historias que tarde o temprano pasarían al olvido y que, por algún motivo, quiero seguir recordando. No puedo recordarlas todas, pero por elegir una de tantas, dedico hoy la entrada a los ciegos del primer vagón, que me vieron cada día durante todos estos meses.

07.05, ‘Debería haberme dormido antes.’ Fue el primer pensamiento de un día que no acababa aún de arrancar. Y la primera victoria. Hace algo más de una semana me propuse dejar de enfriar mis días con sus palabras desde primera hora y parece que lo logré. No obstante, el segundo ya sabemos cual es. ¿Y estas ojeras? ¿Qué hago con ellas? Total, hoy al menos tengo motivos verdaderos para tenerlas. Sin saber cómo, he vuelto a ese punto de no tener nada que perder y todo por temer. Lo bueno es que pude elegir y, contra todo pronóstico, elegí cambiar mi voto a última hora y con ello, el rumbo de mis pasos. Elegí desviarme del camino que hace tiempo tracé hacia ti. Y ahora la incertidumbre en la que solía vivir se ha disuelto y tengo que hacerme a mi nuevo hogar: una realidad algo cruel, pero real, que en cuestión de pocos días, se ha reproducido más allá de las nimiedades sentimentales de turno y se ha hecho con el poder. 07.45, no hay tiempo que perder. Preparo té cargado para no perecer. Chapa y pintura para silenciar la piel. 07.55, Me pongo la sonrisa… Y a correr.

Llego a Recoletos con el tiempo justo y me apresuro a estar a tiempo en la zona del andén que dará al primer vagón. Sin querer, de repente localizo el rostro de alguien a quien no conozco, pero que me es familiar. Es una chica de pelo oscuro, ojos azules y constitución menuda, más o menos de mi altura. Tendrá unos 30 años. El caso es que llevaba tiempo sin verla. Solíamos encontrarnos hace tiempo en el viaje de vuelta, en el Guadalajara-Chamartín de las 21.05, cuando las dos volvíamos a Madrid después del trabajo. Yo solía caminar casi siempre hasta sentarme en el mismo sitio. Primero por el andén y luego dentro del primer vagón, hasta sentarme en unos asientos que hay al fondo a la derecha. Lo curioso es que ella siempre hacía el mismo recorrido también, hasta sentarse con los pies apoyados en el grupo de asientos que quedaba a mi izquierda. Recuerdo que era una mujer pegada a un teléfono y casi siempre venía hablando con alguien. Discutían cada día. A juzgar por el nivel y calidad de reproches, debían haberse querido mucho. Él debe ser su pareja desde hace tiempo. Día tras día, mientras ellos discutían, yo ya sabía de tu existencia y andaba buscando palabras. Volviendo a la chica del tren, era obvio que algo se le rompía, que ya no eran sanos el uno con el otro y que, tal vez ya sólo les unía la terrible idea de una vida de despertares sin nadie cerca. Me escandalizaba cómo se seguían agarrando a la esquinita inferior de la última página que les quedaba por escribir juntos, como si no fueran conscientes de que el final estaba al caer. Como si no vieran venir el inevitable momento en que se haría imperativo cerrar ese capítulo del todo para continuar. Varios meses han pasado y esta mañana la vi algo cansada, pero a la vez, más en calma; quizás aún en guerra con ese algo interno que sin querer de vez en cuando se sigue encendiendo como si, en vez de 3 meses, sólo hubiera pasado un día. La oí hablar con quien debe ser una amiga cercana y comentarle que había decidido volver a hablarle y volverlo a intentar. ‘Y es normal’, pensé para mí. Porque veces las fuerzas nos flaquean; sin embargo, desde fuera es tan obvio que su historia está consumida del todo que me entran ganas de decirle que despierte, que no desespere, que llevo meses leyendo la palabra ‘ex’ en su fondo de ojo, pero que no debe estancarse porque es momento de quererse y andar, sin rumbo fijo, pero con la certeza en el bolsillo de que antes o después alguien le devolverá el brillo a su rostro. Antes de que se bajara me vi en sus ojos enrojecidos y por un momento dudé si eran los suyos, o un reflejo de los míos.

Mi tren hace su siguiente parada en la estación de Atocha y hoy, entre decenas de personas que suben y bajan, me detengo a fijarme en la figura de un padre. Es un señor de unos 45 años, que solía venir acompañado por su hijo, los meses que le tiene en casa. Hará un mes de la última vez que les vi juntos. Desde entonces, este señor viene solo. Le tengo en frente y, bueno, sólo diré que lleva escritas en la frente las palabras ‘Custodia compartida’. No sería capaz de ver más allá de un rostro cansado si nunca los hubiera visto juntos, pero hoy él no está y es obvio que le falta algo y nada es lo mismo. De alguna forma, sus buenos días de ayer hoy se visten de un serio talante apático y decaído.

Sin apenas darme cuenta, el tiempo ha volado y ya llevamos un tercio del viaje cuando llegamos a la parada de Vicálvaro y se sube mi vagón un chico de unos 20 años, que siempre coge el cercanías para ir a la universidad. Suele ir con un grupo de gente, pero ahora es junio y hace días no hay clases. Es por eso que hoy está sólo, ya que sigue desplazándose cada día, para estudiar en la biblioteca de su facultad, a diferencia del resto de sus amigos. Incluso en sábado. Cubre sus ojos con razones de turno como el poder consultar una duda con sus compañeros, los libros cerca, la costumbre, etc. Y bien, ¿cuál es la verdad? ¿qué tiene ese lugar? ¿por qué alguien perdería en transporte público dos horas de su más que nunca necesario tiempo de estudio, cada día? La respuesta es sencilla: Para estar con él. Un compañero que no vive en Madrid sino en la residencia situada a dos pasos del campus dónde estudian. Algunos viernes a la noche, me los encuentro juntos en el tren de las 21.05. Se vienen juntos a la capital con excusa de salir y, entre risas, entran en la absurda competición de a ver quien se hace más tías. Mientras tanto, tendríais que ver cómo se miran. Es obvio que si él no sonríe, el cielo se le viene encima, que si sus ojos no le miran los suyos se apagan y que cuando le ve perder el control su suelo tiembla. Pero al igual que el amor, el miedo también es un invidente, y ninguno de los dos es capaz de ver lo que hay; ni por fuera, ni sentado en frente.

Mientras veo todo esto, me doy cuenta de que hay algo en común entre ellos: todos pierden a alguien y cada día eligen perderse también un poco a sí mismos. Con lo sencillo que sería dar carpetazo. Eligen ser ciegos ante su propia evidencia y ninguno de ellos cree ser visto desde fuera de la forma que los vemos, ensimismados su dolor diario, crónico, silencioso y no por ello menos dañino. Todos continúan con su vida cotidiana, peleando por algo que no les hace bien, aún después de haber notado ese chasquido interno, esa señal de que algo se ha roto. Me pregunto qué llevará a todas estas personas a adoptar esa condición de ciegos que no ven más allá de su propia voluntad. ¿Por qué las personas elegimos sin remedio y por pura inercia constantemente vivir aferradas a situaciones que nos hacen daño? Situaciones que los de fuera ven con tanta claridad. Y pensando me doy cuenta de que, nos digan lo que nos digan, los seres humanos lo que necesitamos es creer. Y si no lo hacemos, nos arrugamos como el papel. La fe, aunque esté ciega, se llevará de calle cualquier tipo de razones, lógica y evidencia. Sin nada en lo que creer, nos hacemos pequeños y frágiles, nos convertimos en el vivo reflejo de lo que nunca quisimos ser y nos aferramos al orgullo y a la supuesta valentía para espantar a todo lo que intente arrimarse. Ahora, me pregunto si esa noche no sólo perdí yo, si la idea dejarme llevar por un momento de lucidez sin escrúpulos y abolir las palabras y las ganas de todo por ti fue demasiado fácil. Si la salida a todo esto es buscar el consuelo en el calor de alguien que consiga sacarme una sonrisa rápida o si realmente debería ser coherente y exigir algo con lágrimas. De pronto en una curva, el cristal me da la imagen de mí misma. Entonces me miro y me pregunto si ellos me verán como yo los veo, si mis suspiros no son tan inofensivos y si yo también tengo esos gestos. Si me delatan de tal forma, como a ellos, y hasta esa señora china que no sabe castellano y que atendí esta mañana en la farmacia, habrá captado que una tarde de febrero decidí salir a pasear por tu invierno con los labios descubiertos y que tus heladas tomaron la mala costumbre de empezar por mis manos. De repente me planteo si yo tampoco veo, a los ojos de otros ciegos.

Sin darte cuenta, en un instante todo se acaba y el viaje llega a su fin. El de este tren, que nunca llega a su hora, y el mío particular hacia ti. De repente los esquemas se te rompen en las manos y no hay vuelta atrás. Se termina el trayecto y te preguntas si te equivocaste de tren o si simplemente te pasaste de parada. Lo que sí sabes es que esto no era adonde venías. Decides regresar, pero no sabes si hay tren de vuelta, ni si tu abono transportes te permitirá hacer tal cosa sin la multa correspondiente. Haces balance y a tus ojos acude sin esperarlo toda la secuencia: un día todo empieza, los meses vuelan y cuando quieres darte cuenta, sigues vestido de estreno, pero ahora estás sentado y rendido delante de la puerta que hace meses empezaste a aporrear sin éxito. Hasta ese momento, tú eres el ciego. Pero de pronto, alguien desconocido pasa a tu lado y tan sólo unos golpecitos más tarde, veo que le abres y entra. Sin previo aviso, dejas de serlo y de repente te ves abordado por una mezcla de impotencia, desengaño, rabia… Y miedo. Miedo de estar fuera de juego, desengaño de, quizás, no haber estado nunca dentro. Impotencia de pensar que cualquier cosa que hiciera daría igual. Y rabia, rabia de encontrarme otra vez sin más armas que un vulgar teclado de ordenador para tratar de ordenar letras y formar palabras que se parezcan de lejos a lo que tengo dentro y, cual retrato robot, te den una ligera idea de qué va todo esto. Rabia de pensar que seguramente no haya forma humana de explicar con una entrada de blog cómo son de verdad las cosas, de que quizá nunca llegues a entenderlas y, lo que es peor, la triste evidencia de que la parafernalia de estas vías tan frías y superficiales sólo conseguirá que lo interpretes todo como un montón de palabras vacías de contenido y que, por supuesto, no te dejarán ver lo que se esconde detrás de estos textos de aparente corte dramático, desquiciado y aborrecible. Pero los días pasan y sin saber como, la venda vuelve a tus ojos por una arrolladora inercia. Y vuelves a ser una ciega en busca de respuestas, aunque a veces te irrite los ojos; y vuelvo a estar sentada en el andén, esta vez para coger el tren de vuelta. Mi billete ha caducado y no lo dije a nadie pero es posible que, por mi expresión, todos lo sepan. Y puede que tengan razón los otros ciegos que no saben que también lo son. Y que no sea buena idea seguir clavando mis ojos en tus palabras... Pero yo también elijo ser ciega, por si fueras ese alguien de quien, de vez en cuando, los sueños hablan.




lunes, 26 de mayo de 2014

Propósitos.



Con el fin de semana prácticamente extenuado me dispongo a organizar horarios, a repartir el tiempo entre mis múltiples empleos y de paso, aprovecho uno de los últimos espacios de este día de descanso para sacar un rato para mí. Han sido dos días necesarios para mis venas. Días en que trivialidades del día a día como son el fútbol, o encontrar por fin un día completo sin nada que hacer, han sido una buena razón para desatar euforia, emociones que permanecían contenidas y en definitiva, la ansiada desconexión.

Me sorprendo pensando en aquellos meses de vacío en que no imaginaba que en un futuro tan cercano echaría de menos los días largos como hoy. Días de armisticio entre mis demonios y yo, traducidos en veinticuatro horas de tiempo muerto para dar la espalda al mundo todo el tiempo que haga falta. No era consciente de que quizás llevo semanas necesitando una tregua. Para dejar mi mente en blanco y desde mi cama, cubrirme completamente con el nórdico, cerrar los ojos y esperar; esperar a que pasen las horas y hacer mi particular jornada de reflexión. Empezar por ir poco a poco deshaciendo el mundo paralelo en el que acostumbro a resguardarme los días de diario con la esperanza de que salgan ilesas esas teorías que siempre que puedo construyo en forma de muros de palabras que apenas consiguen decir nada, para encerrar verdades esclavas, que ya suenan algo desafinadas.

Trato de organizarme los días, las horas, los minutos y hasta los segundos del día que se me viene encima: otro lunes de estrés, de sueño y prisas. Y de despropósitos: Propósitos que, formulados hoy, mañana sin lugar a dudas se suicidarán haciendo honor a la teoría del caos y a mi volubilidad extrema; para terminar descansando latentes en algún lugar de mi desordenada memoria, esperando a otros días de descanso para salir de su escondite y hacerse ver, una y otra vez. Quisiera volver a ser la niña que se caía para aprender, o la que se escapaba de la cama buscando alguna sombra distinta en la penumbra del salón. Pero aunque hay certezas sin las que preferiría vivir, todos los propósitos que empiezan por tu nombre son iguales y terminan llegando a su particular ‘game over’. Un día te levantas y piensas que siete días serían suficientes para dejarte atrás. Empiezas a correr y al tercer día te empiezas a cansar. El día cinco pides tiempo muerto y vuelven las malditas ganas de gritar. Gritarte que te extraño, que no quiero dejarte atrás. Que no quiero que te vayas, pero que no entiendo qué haces aún aquí. Y hago el amago de suplicarte que acabes con esto, que dejes de una vez de apretarme las entrañas. Pero a estas alturas mi voz ya se ha rasgado como una cuerda oxidada de no usarse. Por supuesto, el séptimo día vuelves a la lista de propósitos por cumplir: Debería quemar cada bandera que en tu nombre levanté.

Por ti, me hice fría y calculadora, de esas que racionalizan sus ganas y las administran con cuentagotas; de esas que congelan el dolor y lo pasean en forma de humor negro. Por ti me convierto en una ermitaña, por lo imposible que me resulta hablar de ti. Tú, problema y solución al mismo tiempo. Ya he vivido esto. Simple y cruda conclusión saco hoy de aquí: Tengo que dejar de ponerme guapa para ti. Debería dedicarme en cuerpo y alma al propósito de escapar de todo lo que te rodea. Porque una red social no es un lugar donde acudir a respirar. Porque, no sé si estarás al tanto, pero estarás de acuerdo en que no puedo seguir así.

Ya elaborada la lista, antes de fijar en mi mente el protocolo y las instrucciones para sobrellevar con éxito un nuevo lunes de propósitos, esta vez coloco al lado de tu nombre un asterisco que te dirija al pie de página, donde te digo que si mañana fuera el día, si lograra dejarte atrás por fin, si el destino, esta vez lograra llevarme lejos, más allá de las temidas y oscuras aguas de la posteridad, sólo espero que algún día leas todo lo que algún día escribí por ti, todo lo que no tuve ocasión de decir. Y que me jode admitir que aposté todo y ahora sólo quedan palabras. Pero, seguramente, no será. Y en siete días volverás a mi lista de propósitos por cumplir. Porque cuando la cabra tira al monte, aunque pase el tiempo, sigue tirando al monte. Y los propósitos de hoy serán los despropósitos de mañana. Nunca olvides, que cuando la cabra tira al monte, lo hará siempre, aunque esté equivocándose otra vez.




jueves, 22 de mayo de 2014

Imposibles.

Nada. Ni hola, ni adiós, ni señales, ni muecas. Nada. Nada que luego maldices por no haber dicho nada cuando querías haber dicho todo. Pero, ¿qué puedo hacer? Eres la ambigüedad hecha persona, con la que todo vale y nada es lo que parece ser. De pronto, el silencio es la ley. Tu ley. Un precipicio entre dos personas, que no deja más opciones que arrojar a él lo que traigas en los bolsillos. Ahí es donde debería ir a parar su ausencia perfumada de deseo y destierro; y esta normalidad en forma de mentiras, que sonríen al otro lado del espejo. 

Ahora que las preguntas y las respuestas están condenadas a permanecer aquí dentro, bien guardadas, donde nadie pueda verlas, he decidido acogerme a la mínima probabilidad de que acabes aquí. Mi conciencia trata de convencerme diciendo que tarde o temprano no vendré a escribir nada sobre ti, pero hay días como hoy en que deja de mentir, para intentar desesperadamente soltar aquí y ahora todas las palabras que me queman, esas que seguramente no deseas escuchar y que, de otra forma, no tendré ocasión de pronunciar. Después de todo, la magia de este lugar radica en ese margen de error, en esa posibilidad ínfima de que mis palabras lleguen a su puerto. Sé que lo más sensato sería guardarme para mí todo lo que te escribo y quemarlo en mi particular hoguera de San Juan, pero no sería fiable un mensaje resguardado por la certeza de tu inaccesibilidad completa. Necesito encontrar la pieza de tu ser que no cuadra en mis esquemas; y arrancar, de la primera a la última, cada página del libro en blanco que no llegamos a escribir.

Últimamente nada es seguro y ya ni la esperanza me mantiene a flote. Lo curioso es que no me termino de hundir, está siendo dolorosamente lento. Trato de buscar un buen final... O no tan bueno. A veces me da por pensar que todo sería tan fácil como que decidieras abiertamente dejarme atrás. Llegados a este punto, no sólo me doy cuenta de que he perdido completamente el temor a caer de bruces dentro del abismo, sino que además, cuanto antes caiga, mejor. Y sin embargo, miento si no admito que lo digo con la boca pequeña, porque vivir entre tus incertidumbres y tus inviernos duele, pero duele más una existencia sin ti. Sí, también confieso que me sigue ganando la idea de que lanzar todo al vacío sería demasiado fácil. Inconscientemente prefiero refugiarme en estas palabras desafortunadas que caen desde mi mente y que nadie entenderá. Ni tú. 
Y al final me vuelvo a sorprender reclamando mi derecho a ser errática, impaciente, voluble y frágil. Negándome dejar de vivir en el temor constante por lo que pueda ocurrir mañana. Buscando algún motivo que pudiera haber quedado disuelto entre desayunos de incierto. En definitiva, me resisto a deshacerme de todo lo desagradable en vez de aprender a vivir con ello. Tampoco me deshago de las intrigas condenadas, al parecer, a permanecer deshechas en forma de cabos sueltos dentro de mí, que se apagarán dejando paso a futuros que no nos conocerán y que no conoceremos… Y que ya echo de menos. Aprendí a andar con dudas en los zapatos. Dudas que, se multiplican como una plaga y cada día rozan mas. Camino a sabiendas de que hay cosas que nunca aprenderé a soportar. Y de que habrá una nueva herida por cada paso en cada día que no estarás.


Es fácil admitir un error, más difícil enmendarlo. Darlo todo a cambio de un reflejo de lo que pudiste ser. La duda llega cuando pasa el tiempo y te preguntas si ha sido coherente y correcto jugársela a todo por tu sonrisa. La respuesta no tarda en llegar, por ti todo hubiera valido la pena.

Sin embargo, una visión bastante cínica de la realidad consigue interponerse con éxito entre mis sueños y lo que yo pueda hacer por ellos. Se me acaban los cartuchos y me convierto en una minúscula lágrima que cayó al fondo del mar y que, desde la inmensidad del océano, se ve incapaz de demostrar que no es como las demás. Que su naturaleza es distinta. Me siento como una mentirosa compulsiva a la que nadie creerá y hasta trato de evitar el tema. Sí, yo, Doña 'Quién no arriesga no gana', he entendido que, en este caso, nadie dará valor a lo que reside en mi interior, ni lo valorará para comprobar que realmente era tan atroz como trataba de explicar. Porque no es convencional. Porque no es cotidiano. Porque construí alrededor de tu pelo una historia paralela al mundo real. Porque no nos conocemos en el sentido que a la palabra se le suele dar, y ¿por cuántas cosas mas? No lo sé. Que le den a la poesía y a las palabras bonitas. Cómo me jode no poderte tener. 

Pero más allá de las palabras, estaría bien que alguien por casualidad tuviera ocasión de probar mi saliva estos días. Desde luego, no hay duda de que se sorprendería al comprobar que existan sabores tan drásticos, sabores adulterados por imposibles que tienen nombre, seguramente también apellidos y un único destino reservado, como no, en el cajón de los imposibles, y de lo que no es de bien echar de menos. Después de meses de silencio, supongo que el sarcasmo y la ironía harán el resto.

La única cosa que me queda clara es que, las reglas del destino en las que tanto suelo creer, si bien aciertan de cuando en cuando, la mayoría de veces sólo son una sarta de incoherencias caóticas y prueba de ello es que este mundo está lleno de personas cuyos caminos no se cruzarían ni en un millón de años y que, sin embargo, necesitan estar juntas. Nadie conseguirá hacerme creer que el magnetismo de los polos opuestos de dos imanes lejanos no es real, sólo por el hecho de que nadie los vió unidos jamás. Como nunca aceptaré que puede haber tanta química entre dos miradas que nunca podrán estar a menos de 10 cm de distancia. Nunca lograré entender porqué existen los imposibles.  

Para terminar, mi deseo para ti, si decides quedarte en nada, si al final nunca me llegas a encontrar... Que hasta el último día todos tus sueños tengan la textura de lo real.




lunes, 19 de mayo de 2014

Mi ideal.



My ideal/Chet Baker Sings (Pacific Jazz, 1956)


Hace mucho que mi corazón y mi mente se reunieron y, tras varios bocetos sin éxito, diseñaron mi ideal. 'Pura fantasía, puro absurdo', solía pensar. Pensaba que el ideal de mi corazón no se puede medir. Ni pedir a la carta. 
En cambio, a veces, algo se enciende y puedes notar como, los pies de plomo tiemblan y te deshaces en intrigas. Y me planteo si no será siempre una fantasía. Tal vez ella es un sueño y sin embargo, podría estar a la vuelta de la esquina. Esperándome. ¿Me sabrá ver? ¿Me habrá visto ya? ¿Reconoceré la luz en sus ojos? La que otros no revelan. O pasaré con prisas... Y sin prestar atención camine a su lado, de largo, sin siquiera saber... que era mi ideal.






jueves, 8 de mayo de 2014

No, no te quiero.

Todo empieza como algo fugaz. Una estrella que pasa rápida y a la que pides un deseo. Pensé que durarías lo mismo que un cambio de estación. Que mis ojeras no saldrían a pasear por ti. Y como tantas otras antes y tantas que vendrán después, me equivoqué. Me quemé jugando con fuego. Pero no te confundas, yo no te quiero. 

Millones de personas alaban cada día dioses intangibles en cada esquina del mundo. Y que la loca sea yo porque creo en ti.
Sé que no lo entiendes pero, como ya dije una vez, no me arrepiento de ser de esa gente que arriesga por las cosas que aprecia. Me equivoqué, a veces pasa. El duelo eterno: el todo o nada, la oscuridad y la luz. Soñar es para quien sabe construirse y reinventarse. Me río de los que opinan que soñar es de perdedores. Creo que todos deberíamos ser más arquitectos de nuestros días, todos deberíamos ser más débiles y dejar más fácilmente que unos dedos anónimos rocen cada tecla de nuestro piano. Siempre tendrás las dos opciones, la de hacer algo o no hacerlo, y seguramente las dos tendrán el mismo desenlace: quedarte como estabas. La diferencia sólo será que en ese punto podrías haber recogido momentos de plenitud. Tú eliges. Yo nunca supe bien de qué color son tus ojos, pero en algún momento creí que se podría parecer en algo al de mi porvenir. No sabría decir por qué. Tampoco sabré a qué sabrán tus días, pero en alguna ocasión creí ver la incertidumbre alejándose de ti. Pero no te confundas, yo no te quiero. 
Y supongo que llegué a ser vista como uno de esos invidentes que tantas veces me cruzo en el Metro, caminando con decisión, subiendo y bajando escaleras con esa, a mis ojos, extraordinaria osadía, dada su total ceguera. Visto así, entiendo que podría haber jugado mejor mis cartas. Podría haberme guardado alguna para mí. Pero elegí colocarlas todas boca abajo, sobre la mesa, delante de ti, para que tú las levantaras. Me quedé sin bazas a la primera de cambio, sí, pero nunca te he ocultado nada. Aún con esas, no te equivoques, yo nunca te he querido. Porque yo no te quiero. Yo (te) veo. Como los ciegos.

Equivocarse es fácil. A veces me da la sensación de que, entre tanto desconcierto, es posible que me hayas confundido con el resto. Que si hago lo que hago, si escribo, es porque me aburro, porque no tengo nada mejor en que pensar. Y debo decirte que deberías poner los pies en el suelo sobre eso. Y que no, que yo no te quiero. Y que la diferencia entre ellas y yo es que tardaré en irme lo que tardes en hacerme invisible de verdad, sin silencios. O debería decir, pseudosilencios. 
Dicen que la vida es un continuo abrir y cerrar de puertas. Sería tan fácil como mostrarme tu voluntad de que desaparezca. No lo dudes, te cerraría con un ruidoso portazo. Porque yo no te quiero. Y porque nunca fui persona de silencios. Prefiero las palabras más duras de las bocas más hirientes. Y sin embargo al ver que no pasa nada llega un momento en que percibo el tiempo más lento. Difuso y estancado. No sé qué día es, ni cuantos meses han pasado. Ni cuanto queda para el juicio final. Llega un momento en el que apenas soy capaz de decirte nada. Supongo ya no me queda nada por decirte y sin embargo, no me basta con tu silencio. Porque yo no te quiero, pero yo (te) creo.

Ayer fue uno de esos escasos días en que logré llegar a casa antes de las 10. Las calles estaban vacías nada mas anochecer. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Acarreando el cansancio, las prisas, y hasta el aspecto, que en mi caso a esas horas, difícil que algo caiga donde debe. De pronto, el estrés es un aliado que enmudece como nadie mis voces internas. Mis horas libres escasean y he de decir que estoy mejor los días en que mantengo la mente dispersa en esos lares, que cuando me sobran las horas para necesitar una respuesta, o para pensar algo que dé sentido a lo que haces. Y sin embargo, en el giro entre mis varios empleos a veces termino sacando un hueco para ti. Pero yo no te quiero. Y a veces también resulta muy fácil evadir mi mente en algo que hacer. Siempre hay algo que hacer y cada cual es como es. Unos nos abrigamos en el consuelo de estar ocupados, otros en el de probar labios nuevos cada amanecer.

Sería lo suyo armarme de indolencia para tu indiferencia, pero no hace mucho, me habría alistado a cualquier guerra llevando tu nombre en mi bandera. Dicen por ahí mis cercanos que en las cuestiones ajenas soy buena consejera. Pero todo cambia cuando me toca vivir las cosas en primera persona, y entonces soy la peor autoadministradora que puedas imaginar. Cuando las cosas se me rompen en las manos, y comienzan a surgir pequeños cortes que empiezan a sangrar. Entonces me convierto en un paciente con heparinas y no hay Dios que me haga cicatrizar si es que queda alguna gota que desangrar primero. Debí irme antes de convertirme en esto. Antes de desesperar queriendo calcular con números enteros la x desecha de nuestra ecuación. Supongo que a veces uno y uno no suman dos. Pero nunca fue lo mío dejar cabos sueltos. Las historias sólo terminan cuando los cabos se dejan bien atados, cuando las cuerdas que nos sostienen a nuestras vidas bien distantes quedan anudadas y son capaces de aguantar el huracán. Este es el plan: Me das un final y me iré sin mas. No volveré la mirada atrás en mi destierro. Porque yo no, no te quiero. 

Una sabia de otro tiempo solía cantar diciendo que ser libres no es otra cosa que no tener nada que perder. Sólo a veces me gusta completar su teoría pensando en un todo por ganar. A veces concluyo que no tengo que buscarte porque tú eres la libertad. Que nos encontraremos sin esperarnos, porque tu y yo somos la libertad. Mentiría si dijera que no tengo miedos. Que mientras mi turno se acerca, muevo dados y hasta a veces, me temo que espero. Y mentiría si dijera que soy tan ingenua como para de alguna forma no haber sabido siempre que no era buena idea entrar en tu juego. Debes preguntarte por qué todavía entro. La respuesta para eso... Porque no, no te quiero.



viernes, 2 de mayo de 2014

Anónima

Hace diez minutos, sería a eso de las cinco cuando me ha parecido ver a Anónima en esta discoteca plagada de almas desconocidas, apoyada en uno de los baffles que dan a la esquina de la pista en que yo estoy. Parece distante y sin embargo, transparente. Cuando la soledad es visible, nada sirve. Va puesta de todo, está mareada, se rodea de gente pero sigue sola. No hay drogas para eso. La distingo del resto y, ¿cómo la describiría? Es una chica que se esconde detrás de su vestido negro y su ron con lima.

Intento pensar en qué pasó, reto para mi mente dispersa en música atronadora y alcohol. Me escuecen los ojos del humo y siento el pulso acelerado. Lo recuerdo todo, pero sin detalles. A grandes rasgos, diría que Anónima y yo nos pseudoconocimos en un pseudolugar, por pseudoazar y con un pseudoalgo de que hablar. Me fui adentrando en su pseudoexistencia, una densa y nublada atmósfera a la que yo, con cuidado, lenta y escrupulosa, he ido arrancando capas minuciosamente, hasta dar con una que parece hecha para mí. Mi pseudolugar en sus pseudodías.

Sé que es una malísima idea. Pero confío en la palabra “pseudo”. Es tan fácil dejarte llevar por ella, tan fácil olvidarlo todo cuando la utilizas. Tan fácil malvivir a su lado. Pseudomirada, pseudosonrisa, pseudoquímica, pseudoabrazo, pseudobuenosdías, pseudoadiós, pseudotú, pseudoyo. Empiezo a pensar que la uso demasiado a menudo, que hay demasiadas cosas que no sé explicarme sin ella en mi boca. Soy consciente de cómo me engancha y no pongo remedio. Soy una inconsciente. No obstante, ¿cuántas veces me ha dado el aire? Debería desterrarla de mis frases. Y ver que ha pasado demasiado tiempo. Y que la verdad es que sigo sin saber a qué suena su voz, que no podría describir sus facciones, ni explicar cómo caen sus pestañas, ni el color exacto de pelo. Ni siquiera podría asegurar si era tan pseudomaravillosa como creía recordar.

No hay mucha gente en mi lado de la pista. Trato de disimular mi curiosidad, seguramente sin éxito, haciendo ver que desvío mi mirada hacia el resto de los presentes, de cuando en cuando, aún con la certeza de saber que ni nunca ha sido lo mío interpretar, ni la tasa de alcohol exigida para ello me avala en este preciso momento. Es obvio que me reconoce. Sin embargo, Anónima no parece incomodarse por mi presencia. Ni por mis ojos clavados en su escena de las 5.10 en mi reloj, en la que Anónima, delante de mí, se dedica a remover en su vaso alargado, con una pajita, lo que parece ser su pasado en forma de hielos cúbicos que giran en el fondo de su copa ya consumida. Diría que se debate entre la idea de un sorbito más o no. Pensaría que no es consciente de que tiene el vaso vacío si no fuera porque clava sus ojos en el fondo de él. Nada parece incomodarla ni sacarla de ese pasado cercano que empeña su tiempo. Le estoy viendo mover su mano derecha, que desciende sin prisa y se detiene en el lado izquierdo de su pecho, donde empieza a palpar sin encontrar lo que busca. Su gesto cambia y tras unos instantes de búsqueda, la mano derecha cae y ella lanza un suspiro. Parece ser que Anónima no encontró lo que buscaba, sino una versión de aquello, esta vez estropeada, apagada y gris. Imagino lo que buscaba y que su mente ahora vuela lejos de aquí. Vuela recordando tiempos en los que sí encontraba lo que andaba necesitando, tiempos anteriores a que otro alguien anónimo se marchara llevando consigo el combustible que ponía en marcha todo el mecanismo fino que movía, más allá de la fisiología, lo que ella encierra en ese lado izquierdo.

En esto último, he perdido la noción de los minutos y la verdad, ya no me importa qué hora es. A juzgar por el cansancio, el nuevo día ya debe rozar su amanecer. Aún sigo observando y veo que Anónima arranca a andar. Siento ganas de pararla, decirle algo desesperadamente, pero no sé muy bien el qué; consolarla, abrazarla, pero me falta tanto el valor como la lucidez mental, que de poco sirve diluída por el ron en mis venas, para desempeñar tan ardua tarea. Además, ¿a quién quiero engañar? Seamos sinceros, yo nunca podré rellenar esos huecos. Porque eso, es cosa de cada uno. Y cada uno tiene su historia.

Veo a Anónima dar tumbos en dirección a la puerta y como, pese a los vaivenes, logra encontrar la salida. Acaba de pasar a mi lado. Me atrevería a decir que mi piel y su piel se han rozado. De repente, el tiempo se para y veo una lágrima entre su pelo y el suelo. Congelada en el tiempo, en mi tiempo. Apenas puedo distinguirla desde mi punto de visión. Miro al suelo, decido cerrar los ojos y varios segundos después, los abro y visualizo la entrada, ahora más despejada. Anónima ya no está. Desvía mí atención, por un momento, encontrarme con un rostro conocido. Se cruzan nuestras miradas y sonrío. Y juntos volvemos al punto de partida. La pista sigue igual, ruidosa y masificada, aunque ahora sea por mi cara por donde corre una furtiva lágrima.