Una vez escuché la voz de una desconocida decir que la vida es una serie de decisiones, con resultados y consecuencias. Y, tras darle vueltas, decidí no estar de acuerdo. Porque aunque sea una cobarde excusa culpar al destino de nuestros desaciertos, lo cierto es que hay cosas que no se eligen y me atrevo a decir que, incluso las cosas que sí se eligen, en realidad tampoco se eligen del todo. Me explico: a lo largo de mi tiempo tomé decisiones y, de todas ellas, aquellas que requerían más valor y entereza casi siempre vinieron precedidas de una fuerza especial característica, impropia de lo cotidiano. Y es que las palabras de alguien cercano pueden hacer que se deshagan todas tus dudas de repente, de la misma forma que un bache a destiempo te puede volver minúsculo. Y si al encender la radio por la mañana suena tu canción favorita, el día empieza bien. Y una secuencia de golpes de suerte pueden el ser el detonante perfecto para convertirte en el afortunado reflejo de ti mismo que venías necesitando ver para sentirte capaz de hacer algo; igual que un periodo desdicha puede anular por completo aquello en lo que creías. Sin ir más lejos, viene a mi mente el día en que logré aunar el valor necesario para romper con lo que tenía, desterrar viejos fantasmas y marchar a vivir a la ciudad que me cambió la vida; o aquellos otros meses de oscura incertidumbre en los que me olvidé de mis sueños. No busco culpables y a la vez, estoy segura de no haber elegido del todo ninguno de esos momentos sino que, simplemente, los dejé acercarse. Es por eso que hace tiempo que dejé de hablar de cosas que se eligen y empecé a hablar de cosas que se buscan, de la incertidumbre como única certeza sólida y de que, quizá ser honestos con nosotros mismos y en definitiva, con esas cosas que ‘tienen que ser’, quizás sea lo más cercano que estamos y estaremos de escribir nuestra propia historia. Llegados a este punto, con la mezcla de calma e impotencia derivada de haber entendido que la historia se compone de cosas que ‘tienen que ser’ y otras que no, llego a la conclusión a la que debió llegar Beethoven cuando realizó aquellas anotaciones en el cuarto movimiento de su cuarteto de cuerda número 16: “Muss es sein? Es muss sein!”. Y mirando hacia otro lado evito perderme buscando soluciones a enigmas irresolubles como por ejemplo, si aquella noche sólo perdí yo, si fue un acierto marcharme sin dejar más rastro que un número de teléfono o si, en definitiva, no supe estar a la altura de lo que exigía mi ‘muss es sein’. Y me tranquiliza volver volátil mi pensamiento hasta engañarme creyendo que la solución pasa por desaparecer sin dejar rastro, volviendo leve mi existencia y dejando volar mi mente al ‘País de las maravillas’ donde nada importa demasiado, donde lo que escriba aquí no será relevante puesto que sólo será fruto de uno de esos momentos que todos tenemos de vez en cuando, en el que me permito el lujo de que mis ganas sean más fuertes que yo, de que mi fuerza de voluntad sea papel de fumar y de lanzar frases al aire que nadie entenderá. De sentarme delante de un vaso con agua para volcar en él las ganas de todo por ti y agitarlo sin miedo a enfrentarme de nuevo a su naturaleza indisoluble y a su carácter imposible. A que el amor pueda ser una guerra, como la que se plantea entre las dos fases inmiscibles que, mezcladas en el vaso, se alejan rápidamente cuando dejas de agitalo. Un combate imposible que sólo puede terminar perdiendo, porque la victoria son las ganas inexplicables de seguir peleando pese al desgaste, pese a la inercia, pese a saber que "no tiene que ser", pese a que te soy indiferente y que, seguramente, escalar el K2 u obtener agua de las piedras sería más fácil que arrancarte una respuesta; que aterrizar un avión sin coordenadas o entrar a saquear un destacado museo sería más sencillo que robarte el aliento. Pero a la vez, con la disparatada e inevitable idea de que vale la pena intentarlo. Y que combatiré lo que sea necesario, hasta el final. Es entonces cuando elijo levantarme, al tiempo que llegamos a la recta final de mi particular 'Knock-out'.
Ante la vista intrigada de los jueces, del Referí, de los coach y del público del Ringside, cambio de estrategia y esta vez encamino mis pasos a la esquina neutral del ring, donde descansan nuestras dudas, para empezar por dirigirme a las tuyas y ofrecerles un sitio en mi sillón incómodo, donde les aseguro que se sentirán como en casa. Les diré que la batalla no ha terminado y les suplicaré que esperen sentadas donde pueda verlas. Y también les diré que estén tranquilas, porque no he venido a traerles la paz.
Seguiré mis artimañas buscándote en tus horas intempestivas para entrar en tu insomnio y hacer un clinch a tus temores y a tus viejas decepciones para decirles al oído que está bien, que son libres de interponerse en mi camino las veces que sean y que podrán ponerse como quieran, pero que al final no se saldrán con la suya, porque hace ya diecisiete siglos el filósofo Platón hizo creer a la humanidad entera el mito de las almas gemelas. Les recordaré que Dante viajó hasta el ‘Infierno’ en su “Divina Comedia”, transitó el ‘Purgatorio’ y deambuló hasta el ‘Paraíso’ en busca de Beatrice, fallecida con quien no llego a cruzar palabra en vida. Que Edward Bloom trabajó durante años a cambio de conocer a la perfecta extraña que paró su tiempo; y que vació de narcisos las floristerías de cinco estados para ponerlas bajo la ventana de Sandra Templeton. Que Psique no dudó en aceptar su peligrosa misión y puso rumbo al submundo en busca de Perséfore. Que Perseo se enfrentó al mounstro marino Ceto por el amor de Andrómeda. Y, sin ánimo de dar ideas, que Mark Twain prometió tras su rechazo, escribir a Livy a diario hasta conseguir su amor y no abandonó su misión hasta conseguir sus objetivos unos años después. Que Juliette escribió 18000 cartas a Victor Hugo. Y que las diferencias entre Afrodita y Ares finalmente no ganaron a su naturaleza imparable y es por eso que su historia es eterna, desde el día en que el amor enamoró a la guerra.
Yo, lejos de poseer poderes dignos de una diosa de la mitología, me conformaré con extender las fronteras de nuestro ring hasta las calles de nuestra ciudad vacía en estas fechas, para emplear una de estas noches de verano típicas en diluirnos las diferencias en ron con coca cola bajo su cielo sin estrellas. Es muy probable que te mienta y que algunas de estas historias que te dije no sean reales, ni viables en nuestro mundo y mucho menos, en nuestras vidas. Supongo que te mentiré por primera vez, tan sólo para parecerme a lo que esperas conocer; con tal de convencerte de que, sin saberlo, me andabas esperando desde hace tiempo. Y aún sin saber quien soy, empezarás a identificarme con ese pequeño porcentaje de personas que andan por ahí dispersas sin conocerse, pero que tienen en común la misión de descubrirte tarde o temprano. Entonces, déjame encontrarte y dejar atrás ese punto de levedad donde me llamo Yara y no soy nadie y dar un salto irreversible, desde donde todo parece estar en calma, porque aún no se tiene nada, hasta cruzar la frontera de la levedad y el peso y arañarnos la primera capa de nuestros límites superficiales, donde ‘Te quiero’ son ocho letras que aún suenan demasiado rápido. Tan fáciles de olvidar. Dame un minuto para improvisar un plan perfecto e infalible que me sirva para ampliar mi pequeña parcela de tu tiempo y que no quieras saber de nadie más en las próximas dos horas. Entonces quizá empezarás a sospechar que te estafé, que donde dije “un minuto” fueron diez por cada vez. Pero para entonces, hablarás de ‘inevitables’ donde, tan sólo hace un rato, decías ‘casualidad’. Y cuando te quieras dar cuenta, te habrán pasado unas horas delante de esta desconocida, sin saber muy bien adónde vas, pero sabiendo que vas con prisas y a la vez con pies de plomo, como quien sospecha que, sin querer, en un despiste pueda desviarse fácilmente por dirección prohibida, si no lo ha hecho ya. Y entonces llegará el crítico momento en que empezaré a mirarme en los espejos y a ensayar mis muecas y gestos. Me encontrarás mirando al suelo amortiguando nuevos miedos. Cubriendo mi mirada con estos metafóricos guantes de boxeo, por si me traicionan los ojos y en un descuido miraran diciendo "No me conoces, no sé demasiado de ti, pero estoy loca... y te quiero." Con reservas, suciamente y sin permiso. Hasta que un día sin previo aviso, las reglas del juego tornen a favor de nuestra causa y deje de estar prohibido. Entonces los segundos, los minutos y las horas empezarán a correr y, cuando queramos darnos cuenta, el ring se habrá convertido en nuestro hogar y me habré vuelto asequible, me habré teñido de tus colores y rendido a tus misterios. Los días desbandados empezarán a huir de sí mismos para perseguirse unos a otros, impetuosos y hambrientos de prontitud irreflexiva. Y como un adivino sin escrúpulos profetizarás para nuestra historia un pronóstico imposible a largo plazo, pero para entonces seremos, como pacientes de Pontius, adictos al vértigo que no hace mucho nos sobrecogía.
Yo, lejos de poseer poderes dignos de una diosa de la mitología, me conformaré con extender las fronteras de nuestro ring hasta las calles de nuestra ciudad vacía en estas fechas, para emplear una de estas noches de verano típicas en diluirnos las diferencias en ron con coca cola bajo su cielo sin estrellas. Es muy probable que te mienta y que algunas de estas historias que te dije no sean reales, ni viables en nuestro mundo y mucho menos, en nuestras vidas. Supongo que te mentiré por primera vez, tan sólo para parecerme a lo que esperas conocer; con tal de convencerte de que, sin saberlo, me andabas esperando desde hace tiempo. Y aún sin saber quien soy, empezarás a identificarme con ese pequeño porcentaje de personas que andan por ahí dispersas sin conocerse, pero que tienen en común la misión de descubrirte tarde o temprano. Entonces, déjame encontrarte y dejar atrás ese punto de levedad donde me llamo Yara y no soy nadie y dar un salto irreversible, desde donde todo parece estar en calma, porque aún no se tiene nada, hasta cruzar la frontera de la levedad y el peso y arañarnos la primera capa de nuestros límites superficiales, donde ‘Te quiero’ son ocho letras que aún suenan demasiado rápido. Tan fáciles de olvidar. Dame un minuto para improvisar un plan perfecto e infalible que me sirva para ampliar mi pequeña parcela de tu tiempo y que no quieras saber de nadie más en las próximas dos horas. Entonces quizá empezarás a sospechar que te estafé, que donde dije “un minuto” fueron diez por cada vez. Pero para entonces, hablarás de ‘inevitables’ donde, tan sólo hace un rato, decías ‘casualidad’. Y cuando te quieras dar cuenta, te habrán pasado unas horas delante de esta desconocida, sin saber muy bien adónde vas, pero sabiendo que vas con prisas y a la vez con pies de plomo, como quien sospecha que, sin querer, en un despiste pueda desviarse fácilmente por dirección prohibida, si no lo ha hecho ya. Y entonces llegará el crítico momento en que empezaré a mirarme en los espejos y a ensayar mis muecas y gestos. Me encontrarás mirando al suelo amortiguando nuevos miedos. Cubriendo mi mirada con estos metafóricos guantes de boxeo, por si me traicionan los ojos y en un descuido miraran diciendo "No me conoces, no sé demasiado de ti, pero estoy loca... y te quiero." Con reservas, suciamente y sin permiso. Hasta que un día sin previo aviso, las reglas del juego tornen a favor de nuestra causa y deje de estar prohibido. Entonces los segundos, los minutos y las horas empezarán a correr y, cuando queramos darnos cuenta, el ring se habrá convertido en nuestro hogar y me habré vuelto asequible, me habré teñido de tus colores y rendido a tus misterios. Los días desbandados empezarán a huir de sí mismos para perseguirse unos a otros, impetuosos y hambrientos de prontitud irreflexiva. Y como un adivino sin escrúpulos profetizarás para nuestra historia un pronóstico imposible a largo plazo, pero para entonces seremos, como pacientes de Pontius, adictos al vértigo que no hace mucho nos sobrecogía.
Y para no venderte humo, debo frenar ahora que estoy a tiempo para contarte que, ojalá me equivocase, pero es muy probable que el duelo acabe antes de lo que esperas y que, de forma inevitable, el Referí de nuestro combate se aproximará a declarar el final cuando menos lo quieras. Y entenderás de pronto aquello de que nunca vine a traerte la paz. Entonces el ring se partirá en dos y seremos como dos islas separadas por un mar inmenso. Me largaré a su debido tiempo, como se marcha de una ciudad un nómada sin linaje; como transeúntes extranjeros van dejando atrás, una tras otra, efímeras estaciones. Me iré haciendo el ruido que me caracteriza, hablando del futuro y, mintiéndote otra vez pero esta vez sin saberlo, te diré que siempre serás importante para mí, que nunca te olvidaré. Y será la penúltima mentira que te explicaré. Entre tanto, te descubrirás quemando cada letra de mi nombre en otra noche similar a esta. Y es probable que jamás me perdones por todas aquellas mentiras en las que nos comparaba con dioses mitológicos y héroes literarios.Y te llegará la hora de deshacerte de todo lo que lleve mi nombre, de vender de ti lo que es mío y de dejar en libertad lo que aún encierras de mí y que te pertenece, como si se tratara de liberar un animal salvaje, incapaz ya de vivir bajo tu chasis. Venderás nuestros sueños, ya pasados de moda y fuera de temporada, en el Rastro de las emociones, en el outlet de los sentimientos a bajo precio, hasta deshacerte del todo de cualquier tipo de indicio o prueba tangible de que pasaste conmigo los mejores meses de tu vida, hoy convertidos en cenizas. Cenizas que irán de aquí para allá. Restos de recuerdos que con suerte servirán de base para formar parte de otros cuentos, de otros nombres, de otros sueños.
Y porque para esas alturas me habré convertido en alguien sin oportunidad ni circunstancia para decirte esto, aprovecho este episodio cero para tomarme la licencia de una desconocida y pido tiempo muerto para pedirte que no temas al dolor. Que el dolor no es tu enemigo. Que las personas que más admiro alguna vez han sido engañadas. Eminencias que más tarde han hecho cosas maravillosas con esos sentimientos tan difíciles de llevar encima. Por poner un ejemplo, colocaré un piano sobre el ring y tocaré algún tango de Gardel o de Piazzola para mostrarte mas de cerca lo que hicieron estos genios a partir de su quebranto. O mi favorito de los intermezzos de Brahms, el escrito en La Mayor, compuesto ante la imposibilidad de ser correspondido, para Clara Shumann. Si aún hubiera dudas, pediría una guitarra para versionar el mayor éxito de Dolly Parton, donde quedaron escritas sus humillantes súplicas a Jolene. Quisiera también un tocadiscos, para traer hasta tus oídos el contralto crudo y dolido de Lady Day, con el que allá por los años treinta iba poniendo pelos de punta por los after hours de Harlem. Y hablarte de que Becquer partió su mundo en dos en busca de un lugar idílico donde su amor pudiera existir, aunque fuera deshecho en palabras, sin que Julia Espín jamás sospechara que inspiró algunas de las rimas más bellas y destacadas de nuestra literatura. Que el talentoso y carismático de Frank Sinatra también tenía lo suyo y prueba de ello es que terminara firmando aquello de ‘I’m a fool to want you’. Te contaría mil historias similares pero para no entrenerte acabaré mi improvisada lista de 'héroes del dolor' con Janis Joplin y su ‘Try, just a little bit harder’ , canción cuyo mensaje no dejó de gritar, incluso tras describir entre lamentos su amor como un carro donde ella tira de él, como un burro lo haría con una zanahoria delante, la cual por más que anduviera, nunca estará a menos de treinta centímetros de su boca.
De repente, el aspecto del ring cambiará y los que te quieren empezarán a odiarme. Nos sentaremos en las esquinas más alejadas del cuadrilátero, rodeados de nuestros ‘coaches’ incondicionales, encargados de poner vendas en las heridas, de sacarnos de allí enteros y de fomentar el odio en orden de prepararnos para el siguiente combate. Desde mi esquina neutral te seguiré queriendo a rabiar, pero ya nadie lo entenderá. Y estaré con Sartre y el infierno serán los demás. El referí se acercará para indicar el final y, sin poder volver atrás, lamentaré no haber peleado mas y mejor. Y en el insomnio más cruel haré el recuento de los besos que no di, de las cosas que nunca dije, de las promesas que arrojamos al vacío y de las mil baldosas sueltas que dejaste en mi camino. Censuraré cada huella que hayas dejado en mis entrañas y, durante un tiempo, dejaré bien cerradas mis ventanas. Y haré inventario de las cosas que no volverán, al tiempo que estaré de regreso alistándome de nuevo en el mercado de personalidades ensalzadas, donde hace tiempo, una noche de un día que no elegí, te encontré de casualidad. Tratando de olvidar que eres lo mejor que encontré en aquella estación fantasma, en ese club del artificio, donde las vidas disfrazadas se baten en duelo y los sentimientos se juegan al blackjack. Me dejaré caer por los peores lugares a buscar consuelo en los brazos del diablo en mi misión de helarme el corazón, y en la ardua tarea de devolverte a tu condición de un alguien anónimo y desconocido, de un rostro visto en la calle, de una imagen de periódico. Volveré a sentarme delante de un vaso a disolverte y me preguntaré porqué no te saco de mi mente, porqué no dejo de repetir tu nombre, porque el silencio me recuerda a ti… ¿porqué el alcohol sabe a ti?. Los demás me verán como al acero inoxidable, que sí, que se oxida, pero pocos lo saben, como tampoco que su apellido ‘inoxidable’ sólo se debe a que siempre, sea cual sea su estado, muestra su aspecto metálico y brillante. Y por dentro seré como el diamante, el metal más duro y a la vez, uno de los más frágiles. Y será cierto lo que contaba aquella canción acerca de que no sabes lo que es el amor hasta que amas a alguien a quien debes dejar ir, hasta que apuestas el corazón y lo pierdes. Que no sabes cómo quema el corazón que dejó de vivir pero que aún no muere, hasta que encaras el amanecer con ojos insomnes. Y en mi afán de distancia me volveré peligrosa en las noches. Seré una cínica besando otras bocas y restregándome con otras pieles aún con tu olor impregnado en mi memoria reciente, buscando tus facciones en caras nuevas. Y volveré a ser la chica de las seis de la mañana que vuelve a casa con la vista fija en el taxímetro y que cada noche que sale se siente más libre, aunque la mañana siguiente le recuerde que el amor no existe. Estaré por ahí una larga temporada deambulando, haciendo el idiota y dando calambre a todo lo que intente tocarme. Y a mi vida vendrán personas con historias nuevas y levantaré la vista pero las miraré sin verlas. Hasta que el tiempo hable y un día deje de espantar a todo lo que se acerca y quizás hasta termine escribiendo para alguien otra historia como esta. Pero para entonces no seré la misma pues mi esencia estará contagiada de tu paso y estas personas nuevas me mirarán raro cuando sonría feliz hablando del barrio que descubrí por ti; o cuando suene tu grupo favorito y, sin ser yo muy de ellos, conozca todas sus canciones y sus discos. O cuando, estando el típico domingo en casa, echen por la tele esa película cuya historia tanto te marcó y una nostalgia insana me arrastre a verla, a pesar de saberme de memoria cada una de las escenas. Y quizás en esa lejana posteridad volvamos a vernos. Y supongo que te diré que me alegro de verte, que sin ti todo fue bien. Y esté como esté me aseguraré de que te largues con la idea de que estoy bien. Y, seguramente, esa será la última mentira que te explicaré. Y la verdad, lamentaré haberte mentido como lamento haberte entretenido con toda esta historia inventada sin venir a cuento a estas alturas. Pero si como Beethoven, que transformó a partir de un chiste un canon a cuatro voces en un cuarteto serio, convertirías lo leve en algo con peso; si como Baudelaire crees en los amores a última vista; si te hace una última batalla y, haciendo caso a Keruak, aceptarías perderlo todo. Si crees como Chaplin que del caos nacen las estrellas y si sobretodo, estás conmigo en que aquella canción tiene razón y la excusa más cobarde es culpar al destino... Entonces, cruza las nueve cifras y clava tu voz a mi destino. Muss es sein? Es muss sein!