Las personas somos seres de costumbres y esta mañana cogí por última vez el tren de las 08.26. Con ello cierro una etapa que va directa al archivo de capítulos imprescindibles. Sólo fueron unos meses, pero no por ello ha sido menos necesario e intenso. De altos y bajos, de dudas que no se salieron con la suya, y de encontrar el equilibrio entre haber crecido y a la vez no tener miedo a parecerme un poco a veces a la niña que se caía para aprender, una y otra vez. Más allá de cómo acaben las cosas que nacieron de ellos, agradezco a estos meses el haberme dado la ocasión de demostrar que, a pesar del desgaste, no estoy tan quemada como llegué a pensar; y que en definitiva, sigo siendo esa idiota con aires de libertad que no termina de asustarse con la idea de saltar, incluso a riesgo de saber que muy probablemente la piscina estará vacía.
Hace meses abrí este rincón con el fin de registrar esas vivencias triviales, historias que tarde o temprano pasarían al olvido y que, por algún motivo, quiero seguir recordando. No puedo recordarlas todas, pero por elegir una de tantas, dedico hoy la entrada a los ciegos del primer vagón, que me vieron cada día durante todos estos meses.
07.05, ‘Debería haberme dormido antes.’ Fue el primer pensamiento de un día que no acababa aún de arrancar. Y la primera victoria. Hace algo más de una semana me propuse dejar de enfriar mis días con sus palabras desde primera hora y parece que lo logré. No obstante, el segundo ya sabemos cual es. ¿Y estas ojeras? ¿Qué hago con ellas? Total, hoy al menos tengo motivos verdaderos para tenerlas. Sin saber cómo, he vuelto a ese punto de no tener nada que perder y todo por temer. Lo bueno es que pude elegir y, contra todo pronóstico, elegí cambiar mi voto a última hora y con ello, el rumbo de mis pasos. Elegí desviarme del camino que hace tiempo tracé hacia ti. Y ahora la incertidumbre en la que solía vivir se ha disuelto y tengo que hacerme a mi nuevo hogar: una realidad algo cruel, pero real, que en cuestión de pocos días, se ha reproducido más allá de las nimiedades sentimentales de turno y se ha hecho con el poder. 07.45, no hay tiempo que perder. Preparo té cargado para no perecer. Chapa y pintura para silenciar la piel. 07.55, Me pongo la sonrisa… Y a correr.
Llego a Recoletos con el tiempo justo y me apresuro a estar a tiempo en la zona del andén que dará al primer vagón. Sin querer, de repente localizo el rostro de alguien a quien no conozco, pero que me es familiar. Es una chica de pelo oscuro, ojos azules y constitución menuda, más o menos de mi altura. Tendrá unos 30 años. El caso es que llevaba tiempo sin verla. Solíamos encontrarnos hace tiempo en el viaje de vuelta, en el Guadalajara-Chamartín de las 21.05, cuando las dos volvíamos a Madrid después del trabajo. Yo solía caminar casi siempre hasta sentarme en el mismo sitio. Primero por el andén y luego dentro del primer vagón, hasta sentarme en unos asientos que hay al fondo a la derecha. Lo curioso es que ella siempre hacía el mismo recorrido también, hasta sentarse con los pies apoyados en el grupo de asientos que quedaba a mi izquierda. Recuerdo que era una mujer pegada a un teléfono y casi siempre venía hablando con alguien. Discutían cada día. A juzgar por el nivel y calidad de reproches, debían haberse querido mucho. Él debe ser su pareja desde hace tiempo. Día tras día, mientras ellos discutían, yo ya sabía de tu existencia y andaba buscando palabras. Volviendo a la chica del tren, era obvio que algo se le rompía, que ya no eran sanos el uno con el otro y que, tal vez ya sólo les unía la terrible idea de una vida de despertares sin nadie cerca. Me escandalizaba cómo se seguían agarrando a la esquinita inferior de la última página que les quedaba por escribir juntos, como si no fueran conscientes de que el final estaba al caer. Como si no vieran venir el inevitable momento en que se haría imperativo cerrar ese capítulo del todo para continuar. Varios meses han pasado y esta mañana la vi algo cansada, pero a la vez, más en calma; quizás aún en guerra con ese algo interno que sin querer de vez en cuando se sigue encendiendo como si, en vez de 3 meses, sólo hubiera pasado un día. La oí hablar con quien debe ser una amiga cercana y comentarle que había decidido volver a hablarle y volverlo a intentar. ‘Y es normal’, pensé para mí. Porque veces las fuerzas nos flaquean; sin embargo, desde fuera es tan obvio que su historia está consumida del todo que me entran ganas de decirle que despierte, que no desespere, que llevo meses leyendo la palabra ‘ex’ en su fondo de ojo, pero que no debe estancarse porque es momento de quererse y andar, sin rumbo fijo, pero con la certeza en el bolsillo de que antes o después alguien le devolverá el brillo a su rostro. Antes de que se bajara me vi en sus ojos enrojecidos y por un momento dudé si eran los suyos, o un reflejo de los míos.
Mi tren hace su siguiente parada en la estación de Atocha y hoy, entre decenas de personas que suben y bajan, me detengo a fijarme en la figura de un padre. Es un señor de unos 45 años, que solía venir acompañado por su hijo, los meses que le tiene en casa. Hará un mes de la última vez que les vi juntos. Desde entonces, este señor viene solo. Le tengo en frente y, bueno, sólo diré que lleva escritas en la frente las palabras ‘Custodia compartida’. No sería capaz de ver más allá de un rostro cansado si nunca los hubiera visto juntos, pero hoy él no está y es obvio que le falta algo y nada es lo mismo. De alguna forma, sus buenos días de ayer hoy se visten de un serio talante apático y decaído.
Sin apenas darme cuenta, el tiempo ha volado y ya llevamos un tercio del viaje cuando llegamos a la parada de Vicálvaro y se sube mi vagón un chico de unos 20 años, que siempre coge el cercanías para ir a la universidad. Suele ir con un grupo de gente, pero ahora es junio y hace días no hay clases. Es por eso que hoy está sólo, ya que sigue desplazándose cada día, para estudiar en la biblioteca de su facultad, a diferencia del resto de sus amigos. Incluso en sábado. Cubre sus ojos con razones de turno como el poder consultar una duda con sus compañeros, los libros cerca, la costumbre, etc. Y bien, ¿cuál es la verdad? ¿qué tiene ese lugar? ¿por qué alguien perdería en transporte público dos horas de su más que nunca necesario tiempo de estudio, cada día? La respuesta es sencilla: Para estar con él. Un compañero que no vive en Madrid sino en la residencia situada a dos pasos del campus dónde estudian. Algunos viernes a la noche, me los encuentro juntos en el tren de las 21.05. Se vienen juntos a la capital con excusa de salir y, entre risas, entran en la absurda competición de a ver quien se hace más tías. Mientras tanto, tendríais que ver cómo se miran. Es obvio que si él no sonríe, el cielo se le viene encima, que si sus ojos no le miran los suyos se apagan y que cuando le ve perder el control su suelo tiembla. Pero al igual que el amor, el miedo también es un invidente, y ninguno de los dos es capaz de ver lo que hay; ni por fuera, ni sentado en frente.
Mientras veo todo esto, me doy cuenta de que hay algo en común entre ellos: todos pierden a alguien y cada día eligen perderse también un poco a sí mismos. Con lo sencillo que sería dar carpetazo. Eligen ser ciegos ante su propia evidencia y ninguno de ellos cree ser visto desde fuera de la forma que los vemos, ensimismados su dolor diario, crónico, silencioso y no por ello menos dañino. Todos continúan con su vida cotidiana, peleando por algo que no les hace bien, aún después de haber notado ese chasquido interno, esa señal de que algo se ha roto. Me pregunto qué llevará a todas estas personas a adoptar esa condición de ciegos que no ven más allá de su propia voluntad. ¿Por qué las personas elegimos sin remedio y por pura inercia constantemente vivir aferradas a situaciones que nos hacen daño? Situaciones que los de fuera ven con tanta claridad. Y pensando me doy cuenta de que, nos digan lo que nos digan, los seres humanos lo que necesitamos es creer. Y si no lo hacemos, nos arrugamos como el papel. La fe, aunque esté ciega, se llevará de calle cualquier tipo de razones, lógica y evidencia. Sin nada en lo que creer, nos hacemos pequeños y frágiles, nos convertimos en el vivo reflejo de lo que nunca quisimos ser y nos aferramos al orgullo y a la supuesta valentía para espantar a todo lo que intente arrimarse. Ahora, me pregunto si esa noche no sólo perdí yo, si la idea dejarme llevar por un momento de lucidez sin escrúpulos y abolir las palabras y las ganas de todo por ti fue demasiado fácil. Si la salida a todo esto es buscar el consuelo en el calor de alguien que consiga sacarme una sonrisa rápida o si realmente debería ser coherente y exigir algo con lágrimas. De pronto en una curva, el cristal me da la imagen de mí misma. Entonces me miro y me pregunto si ellos me verán como yo los veo, si mis suspiros no son tan inofensivos y si yo también tengo esos gestos. Si me delatan de tal forma, como a ellos, y hasta esa señora china que no sabe castellano y que atendí esta mañana en la farmacia, habrá captado que una tarde de febrero decidí salir a pasear por tu invierno con los labios descubiertos y que tus heladas tomaron la mala costumbre de empezar por mis manos. De repente me planteo si yo tampoco veo, a los ojos de otros ciegos.
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