Hace ya algunos años, era tu día especial y teníamos algo que celebrar. Hoy sólo sé que es veinticuatro. Y también que, seguramente, alguien ya desconocido, lejano y ajeno celebrará algo, a muchas vidas de la mía y es posible que también, a pocos kilómetros de aquí. Alguien que, por suerte, ya no se acordará de mí. Y de hecho, tengo motivos para estar contenta, porque imagino que volvió a sonreír y que además, no estoy yo para verlo. Un binomio perfecto. Supongo que hay gente que aparece y gente que se va, habrá gente que te amará y otra que te odiará; gente que quemará cada letra de tu nombre por quererte en vano y gente que besará cada uno de tus pasos. También habrá gente que te dejará de querer aunque sea lo último que desearas. Y gente que te querrá sin que quieras que lo haga.
Pasar tú página fue más fácil de lo que parecía ser. Y leer las otras mil que vinieron después. Pude dejarte atrás y hasta hacerte invisible. Hace mucho tiempo que te desterré. Y es ahora que hace tanto que no estás cuando, desde mi privilegiada posteridad, puedo ver con claridad cada error y también a la vez, cada instante de lucidez. En días como hoy, ya no duele entender que el viento no soplaba a mi favor, que las olas eran más grandes que yo y mi pequeño velero nunca debió salir a alta mar. Que como arena entre los dedos, el mayor de los aciertos fue dejarte ir. Te conocí tan bien que me asusté y huí. Recuerdo cuando decidí izar velas para que no tomaran más tus vendabales y escapar, por un tiempo, de nuestra enorme y cruel ciudad. En busca de aires nuevos sin estrenar, lejos de las miradas furtivas, grilletes de mi voluntad. Y mentiría si dijera que no tuve temporal, que no caí en la tentación de buscar pretextos que justificaran mi miedo de avanzar, en algunas de aquellas noches de insomnio envenenado. Me abrazaba fuerte a mi yo de antaño y le juraba no dejarle en el camino. Y con él, elaboraba la lista de reproches y la guardaba como as en la manga. En esas noches peligrosas, de las que nunca se está orgulloso, que con la guardia baja, te hacen decir cosas que no quieres que se sepan, te hacen escribir frases que deberían permanecer en el olvido y te despiertan sentimientos profundamente dormidos. Cuántas veces creí haber interrumpido la historia de mi vida. Volvería a mentir si dijera que no extrañé el tacto de tus manos, que no sentí pánico al no verte a mi lado y que no odié el magnetismo que ejercías en mí. Recuerdo como, con 3000 kilómetros de por medio y un pronóstico reservado e incierto, el mundo tomó partido por seguir girando, en vez de parar conmigo. Recuerdo que tardé unos meses en cogerle el ritmo. Y así fue como te convertiste en cenizas, como tantos otros personajes secundarios que ahora descansan en algún cajón de mi desordenada memoria. Memoria que, de aquello ya apenas registra datos sueltos como viejas fechas señaladas, hoy caducadas y fuera de stock.
Pero en tu fecha señalada, varios años después, con sumo cuidado he contado mis pasos y me he permitido el lujo de caminar hacia atrás, saltando las baldosas que quedaron sueltas, para evitar el posterior tropiezo. Sorteando a los lejanos fantasmas del pasado, me he girado lentamente para mirar atrás. Para mirarte atrás. Y ver que todos tenemos rotos, y cada roto tenía un sueño, sueños que se congelaron en algún rincón dentro de mí. Se congelan durante un tiempo a varios grados bajo cero en tu interior, para después convertirse en cenizas. Quedan en forma de cicatrices, y aunque en cierto modo ya no existan, se hacen hueco en tu pasado y los percibes, pero su manera de latir ahora es distinta.
Me doy cuenta de que el tiempo es sabio y de que el mejor de mis pasos fue el de abandonar ese algo insano que llegó a invadir el aire que respirábamos. El paso de dar la espalda a nuestros tú y yo del pasado; y cambiar mi apuesta por mi yo del presente, porque él es de verdad un inocente, y también por ti, o mejor debería decir, por esos miles de ‘tús’ que, en teoría están dispuestos ahí, dispersos por el ancho del universo, tan locos como para engancharse a alguien como yo.
Por ti. Sí, tú. Tú puedes considerar todo lo que has leído hasta hora como trivial y lanzarlo al vacío más inmenso. Borraría cada letra escrita hasta estas últimas líneas si no fuera porque son precisamente ellas las que me sirven para asegurarme de sólo llegarás tú a leerlas. Y es que, sólo alguien capaz leer este nefasto texto plagado de patrañas sobre un pasado que ni conoces ni viene al caso, tendría licencia real para llegar hasta aquí y atribuirse las líneas que le siguen. Sí, tú que tampoco celebras hoy nada, que no me conoces bien y que acabas de llegar. Tú que sigues estás líneas de principio a fin sin un porqué del todo preciso y definido, y que has llegado al final de este intento de explicar, elaborar y decir que yo, yo me la jugaría por ti.
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