viernes, 2 de mayo de 2014

Anónima

Hace diez minutos, sería a eso de las cinco cuando me ha parecido ver a Anónima en esta discoteca plagada de almas desconocidas, apoyada en uno de los baffles que dan a la esquina de la pista en que yo estoy. Parece distante y sin embargo, transparente. Cuando la soledad es visible, nada sirve. Va puesta de todo, está mareada, se rodea de gente pero sigue sola. No hay drogas para eso. La distingo del resto y, ¿cómo la describiría? Es una chica que se esconde detrás de su vestido negro y su ron con lima.

Intento pensar en qué pasó, reto para mi mente dispersa en música atronadora y alcohol. Me escuecen los ojos del humo y siento el pulso acelerado. Lo recuerdo todo, pero sin detalles. A grandes rasgos, diría que Anónima y yo nos pseudoconocimos en un pseudolugar, por pseudoazar y con un pseudoalgo de que hablar. Me fui adentrando en su pseudoexistencia, una densa y nublada atmósfera a la que yo, con cuidado, lenta y escrupulosa, he ido arrancando capas minuciosamente, hasta dar con una que parece hecha para mí. Mi pseudolugar en sus pseudodías.

Sé que es una malísima idea. Pero confío en la palabra “pseudo”. Es tan fácil dejarte llevar por ella, tan fácil olvidarlo todo cuando la utilizas. Tan fácil malvivir a su lado. Pseudomirada, pseudosonrisa, pseudoquímica, pseudoabrazo, pseudobuenosdías, pseudoadiós, pseudotú, pseudoyo. Empiezo a pensar que la uso demasiado a menudo, que hay demasiadas cosas que no sé explicarme sin ella en mi boca. Soy consciente de cómo me engancha y no pongo remedio. Soy una inconsciente. No obstante, ¿cuántas veces me ha dado el aire? Debería desterrarla de mis frases. Y ver que ha pasado demasiado tiempo. Y que la verdad es que sigo sin saber a qué suena su voz, que no podría describir sus facciones, ni explicar cómo caen sus pestañas, ni el color exacto de pelo. Ni siquiera podría asegurar si era tan pseudomaravillosa como creía recordar.

No hay mucha gente en mi lado de la pista. Trato de disimular mi curiosidad, seguramente sin éxito, haciendo ver que desvío mi mirada hacia el resto de los presentes, de cuando en cuando, aún con la certeza de saber que ni nunca ha sido lo mío interpretar, ni la tasa de alcohol exigida para ello me avala en este preciso momento. Es obvio que me reconoce. Sin embargo, Anónima no parece incomodarse por mi presencia. Ni por mis ojos clavados en su escena de las 5.10 en mi reloj, en la que Anónima, delante de mí, se dedica a remover en su vaso alargado, con una pajita, lo que parece ser su pasado en forma de hielos cúbicos que giran en el fondo de su copa ya consumida. Diría que se debate entre la idea de un sorbito más o no. Pensaría que no es consciente de que tiene el vaso vacío si no fuera porque clava sus ojos en el fondo de él. Nada parece incomodarla ni sacarla de ese pasado cercano que empeña su tiempo. Le estoy viendo mover su mano derecha, que desciende sin prisa y se detiene en el lado izquierdo de su pecho, donde empieza a palpar sin encontrar lo que busca. Su gesto cambia y tras unos instantes de búsqueda, la mano derecha cae y ella lanza un suspiro. Parece ser que Anónima no encontró lo que buscaba, sino una versión de aquello, esta vez estropeada, apagada y gris. Imagino lo que buscaba y que su mente ahora vuela lejos de aquí. Vuela recordando tiempos en los que sí encontraba lo que andaba necesitando, tiempos anteriores a que otro alguien anónimo se marchara llevando consigo el combustible que ponía en marcha todo el mecanismo fino que movía, más allá de la fisiología, lo que ella encierra en ese lado izquierdo.

En esto último, he perdido la noción de los minutos y la verdad, ya no me importa qué hora es. A juzgar por el cansancio, el nuevo día ya debe rozar su amanecer. Aún sigo observando y veo que Anónima arranca a andar. Siento ganas de pararla, decirle algo desesperadamente, pero no sé muy bien el qué; consolarla, abrazarla, pero me falta tanto el valor como la lucidez mental, que de poco sirve diluída por el ron en mis venas, para desempeñar tan ardua tarea. Además, ¿a quién quiero engañar? Seamos sinceros, yo nunca podré rellenar esos huecos. Porque eso, es cosa de cada uno. Y cada uno tiene su historia.

Veo a Anónima dar tumbos en dirección a la puerta y como, pese a los vaivenes, logra encontrar la salida. Acaba de pasar a mi lado. Me atrevería a decir que mi piel y su piel se han rozado. De repente, el tiempo se para y veo una lágrima entre su pelo y el suelo. Congelada en el tiempo, en mi tiempo. Apenas puedo distinguirla desde mi punto de visión. Miro al suelo, decido cerrar los ojos y varios segundos después, los abro y visualizo la entrada, ahora más despejada. Anónima ya no está. Desvía mí atención, por un momento, encontrarme con un rostro conocido. Se cruzan nuestras miradas y sonrío. Y juntos volvemos al punto de partida. La pista sigue igual, ruidosa y masificada, aunque ahora sea por mi cara por donde corre una furtiva lágrima.






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