Millones de personas alaban cada día dioses intangibles en cada esquina del mundo. Y que la loca sea yo porque creo en ti. Sé que no lo entiendes pero, como ya dije una vez, no me arrepiento de ser de esa gente que arriesga por las cosas que aprecia. Me equivoqué, a veces pasa. El duelo eterno: el todo o nada, la oscuridad y la luz. Soñar es para quien sabe construirse y reinventarse. Me río de los que opinan que soñar es de perdedores. Creo que todos deberíamos ser más arquitectos de nuestros días, todos deberíamos ser más débiles y dejar más fácilmente que unos dedos anónimos rocen cada tecla de nuestro piano. Siempre tendrás las dos opciones, la de hacer algo o no hacerlo, y seguramente las dos tendrán el mismo desenlace: quedarte como estabas. La diferencia sólo será que en ese punto podrías haber recogido momentos de plenitud. Tú eliges. Yo nunca supe bien de qué color son tus ojos, pero en algún momento creí que se podría parecer en algo al de mi porvenir. No sabría decir por qué. Tampoco sabré a qué sabrán tus días, pero en alguna ocasión creí ver la incertidumbre alejándose de ti. Pero no te confundas, yo no te quiero.
Y supongo que llegué a ser vista como uno de esos invidentes que tantas veces me cruzo en el Metro, caminando con decisión, subiendo y bajando escaleras con esa, a mis ojos, extraordinaria osadía, dada su total ceguera. Visto así, entiendo que podría haber jugado mejor mis cartas. Podría haberme guardado alguna para mí. Pero elegí colocarlas todas boca abajo, sobre la mesa, delante de ti, para que tú las levantaras. Me quedé sin bazas a la primera de cambio, sí, pero nunca te he ocultado nada. Aún con esas, no te equivoques, yo nunca te he querido. Porque yo no te quiero. Yo (te) veo. Como los ciegos.
Equivocarse es fácil. A veces me da la sensación de que, entre tanto desconcierto, es posible que me hayas confundido con el resto. Que si hago lo que hago, si escribo, es porque me aburro, porque no tengo nada mejor en que pensar. Y debo decirte que deberías poner los pies en el suelo sobre eso. Y que no, que yo no te quiero. Y que la diferencia entre ellas y yo es que tardaré en irme lo que tardes en hacerme invisible de verdad, sin silencios. O debería decir, pseudosilencios.
Dicen que la vida es un continuo abrir y cerrar de puertas. Sería tan fácil como mostrarme tu voluntad de que desaparezca. No lo dudes, te cerraría con un ruidoso portazo. Porque yo no te quiero. Y porque nunca fui persona de silencios. Prefiero las palabras más duras de las bocas más hirientes. Y sin embargo al ver que no pasa nada llega un momento en que percibo el tiempo más lento. Difuso y estancado. No sé qué día es, ni cuantos meses han pasado. Ni cuanto queda para el juicio final. Llega un momento en el que apenas soy capaz de decirte nada. Supongo ya no me queda nada por decirte y sin embargo, no me basta con tu silencio. Porque yo no te quiero, pero yo (te) creo.
Ayer fue uno de esos escasos días en que logré llegar a casa antes de las 10. Las calles estaban vacías nada mas anochecer. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Acarreando el cansancio, las prisas, y hasta el aspecto, que en mi caso a esas horas, difícil que algo caiga donde debe. De pronto, el estrés es un aliado que enmudece como nadie mis voces internas. Mis horas libres escasean y he de decir que estoy mejor los días en que mantengo la mente dispersa en esos lares, que cuando me sobran las horas para necesitar una respuesta, o para pensar algo que dé sentido a lo que haces. Y sin embargo, en el giro entre mis varios empleos a veces termino sacando un hueco para ti. Pero yo no te quiero. Y a veces también resulta muy fácil evadir mi mente en algo que hacer. Siempre hay algo que hacer y cada cual es como es. Unos nos abrigamos en el consuelo de estar ocupados, otros en el de probar labios nuevos cada amanecer.
Sería lo suyo armarme de indolencia para tu indiferencia, pero no hace mucho, me habría alistado a cualquier guerra llevando tu nombre en mi bandera. Dicen por ahí mis cercanos que en las cuestiones ajenas soy buena consejera. Pero todo cambia cuando me toca vivir las cosas en primera persona, y entonces soy la peor autoadministradora que puedas imaginar. Cuando las cosas se me rompen en las manos, y comienzan a surgir pequeños cortes que empiezan a sangrar. Entonces me convierto en un paciente con heparinas y no hay Dios que me haga cicatrizar si es que queda alguna gota que desangrar primero. Debí irme antes de convertirme en esto. Antes de desesperar queriendo calcular con números enteros la x desecha de nuestra ecuación. Supongo que a veces uno y uno no suman dos. Pero nunca fue lo mío dejar cabos sueltos. Las historias sólo terminan cuando los cabos se dejan bien atados, cuando las cuerdas que nos sostienen a nuestras vidas bien distantes quedan anudadas y son capaces de aguantar el huracán. Este es el plan: Me das un final y me iré sin mas. No volveré la mirada atrás en mi destierro. Porque yo no, no te quiero.
Una sabia de otro tiempo solía cantar diciendo que ser libres no es otra cosa que no tener nada que perder. Sólo a veces me gusta completar su teoría pensando en un todo por ganar. A veces concluyo que no tengo que buscarte porque tú eres la libertad. Que nos encontraremos sin esperarnos, porque tu y yo somos la libertad. Mentiría si dijera que no tengo miedos. Que mientras mi turno se acerca, muevo dados y hasta a veces, me temo que espero. Y mentiría si dijera que soy tan ingenua como para de alguna forma no haber sabido siempre que no era buena idea entrar en tu juego. Debes preguntarte por qué todavía entro. La respuesta para eso... Porque no, no te quiero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario